Por: Gustavo Páez Escobar

Aquel 11 de septiembre

11 de septiembre de 1973. Día crucial para Chile, cuando su presidente Salvador Allende, que gobernaba al país desde el 4 de noviembre de 1970, pone fin a su vida en el palacio de la Moneda, disparándose con un fusil en la cabeza.

El palacio presidencial estaba bombardeado por los golpistas, a la cabeza de los cuales se encontraba el general Augusto Pinochet, que pocos días atrás –el 23 de agosto– había sido nombrado comandante en jefe del Ejército de Chile al considerarlo Allende un “oficial leal”. La situación política y social del país no podía estar más enredada, y fue el propio Pinochet el que terminó deponiendo a su jefe constitucional. El general, desde su puesto de combate, pronunció esta frase dirigida a uno de los altos mandos: “Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país… pero el avión se cae, viejo, cuando vaya volando”.

Allende resistía en su palacio como un hombre valiente y digno. No estaba dispuesto a rendirse ni pedir clemencia. Luchaba como un león acorralado. Sabía que su final había llegado, y por eso pidió a sus inmediatos colaboradores que lo dejaran solo. Con voz serena –y recriminatoria contra los militares sublevados–, pronunció por la radio su último discurso al pueblo y fue enfático en anunciar: “¡No voy a renunciar!”. Su médico Patricio Guijón, que lo acompañó hasta el último momento, escuchó de labios del mandatario la frase “¡Allende no se rinde!”, y lo vio desplomarse víctima del disparo mortal. 

La situación del país era insostenible. Tras cuatro intentos, Allende había llegado al poder con el apoyo de Unidad Popular, una fuerza constituida por partidos de izquierda, y su propósito era crear un sistema no violento que estableciera un Estado socialista mediante la utilización de medios legales. Entre las medidas prioritarias para lograr dicho objetivo se acometieron la nacionalización del cobre, sin pago de indemnizaciones a las empresas de Estados Unidos, el impulso a la reforma agraria y la conversión de empresas privadas en empresas estatales.  

La primera reacción contra el nuevo gobierno chileno provino de Estados Unidos, presidido por Nixon, que enfiló sus baterías para frenar el ímpetu marxista. Bajo tal premisa vino el bloqueo económico contra Chile, hecho que produjo un desastre interno de grandes proporciones. Sin víveres, sin bienes básicos para los hogares, con una inflación desbocada, el país había colapsado y el pánico hacía estragos. 

En medio de este cuadro desolador se inició la dictadura de Pinochet, que habría de prolongarse por espacio de 17 años (de 1973 a 1990). El cambio era necesario, y así lo recibió la opinión pública. Pero luego se estremeció la sociedad al implantarse una época de represión, terror y despotismo militar, donde se cometieron los mayores desmanes contra la libertad de expresión y se atropellaron los derechos humanos con los sistemas más implacables de crueldad.

Pinochet, admirador del dictador español Francisco Franco, practicó iguales métodos  de castigo contra sus opositores. Los cadáveres de las víctimas desaparecían de la escena nacional, la mayoría lanzadas al mar desde los aviones militares. El progreso que se vio en muchos frentes de la vida pública quedó oscurecido por la multitud de muertos que dejaron estos 17 años de oprobio. 

Hoy se cumplen 40 años de aquel 17 de septiembre, día caótico y sangriento en que cayó un régimen marxista, autor de muchas equivocaciones, para implantarse una época de pavor y retaliación que crispa el ánimo de los chilenos actuales. Y del mundo entero. Las dos figuras históricas –opuestas en estos episodios–, Allende y Pinochet, sirven de motivo de reflexión para el ejercicio del poder en cualquier latitud del planeta.  

escritor@gustavopaezescobar.com

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