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Reinaldo Spitaletta 24 Dic 2012 - 11:00 pm

Sombrero de mago

Aquellos diciembres azules

Reinaldo Spitaletta

Para nosotros, los veteranos -¿y sobrevivientes?- de aquellos diciembres que, menos mal no volverán, estas épocas de bullerengue y consumo, están conectadas con la infancia. Y con la imaginación.

Por: Reinaldo Spitaletta
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Pero, a su vez, con el antiambientalismo de ir a cortar palos para hacer el árbol de navidad y estallar papeletas y otros tacos con el fin de hacer del mundo un lugar para la alegría. Eso creíamos.

El tiempo (y ni riesgos de preguntarle a San Agustín de Hipona por el asunto) nada tenía que ver con la relatividad. Era el de la espera de un año, que parecía un siglo, para que adviniera diciembre con su parranda y olor a regalos. Para que sonaran en los Seeburg y Wurlitzer de las cantinas de barrio la voz imprescindible del cienaguero Guillermo Buitrago y la de Lucy Figueroa que, a ritmo de son paisa, cantaba: “Llegó diciembre con su alegría…”. Un año de paciencia, o de desesperos, según el caso, esperando aromas de musgo (todavía no se había inventado el papel de cera y otros simuladores) y de natillas, bastante indigestas, por cierto.

Eran días siniestros para la naturaleza, aunque hoy, como se sabe, es peor por la injerencia desmedida de las transnacionales del capitalismo salvaje contra el medio ambiente. Ir a las zonas suburbanas a cortar sietecueros, chagualos, noros y no sé que otros palos para el árbol de navidad, se constituía en una aventura de exploradores, que a veces terminaba abruptamente con la aparición de mayordomos armados de perro y escopeta para impedir la faena. Las romerías de depredadores era una visión que hoy cualquiera pudiera calificar (basado ya no en las predicciones mayas, sino de los Amayas, como dice un campesino santarrosano) de apocalípticas, aunque nada tenía que ver con el fin del mundo. Al contrario, con el principio de un tiempo de cielo azul y pesebres.

Los globos, que casi siempre confeccionábamos en gallada, eran la posibilidad de un vuelo a lo Julio Verne, pero con los pies en la tierra y la imaginación muy alta. No sé qué encanto tenían, que la muchachada salía a perseguirlos, había gentes que decían atraerlos con espejitos, otros les tiraban piedras, y uno hoy, después de tantos días, puede ver todo aquello como parte de la ingenuidad. Quizá fueron elementos de una educación sentimentaloide, con presencia de guirnaldas y festones, y de cascabeles que se manufacturaban con tapas de gaseosas. Diciembre era la época prometida.

Los pesebres (y poco me gustaban) eran la reunión de todos los tiempos. Bien lo decía Eliade: las deidades son atemporales. Por eso, en un belén o nacimiento convivían trincheras de la primera guerra con pastores españoles, tanques soviéticos con ovejas que eran más altas que aquellos. Era la desproporción de tamaños y edades, con una sucesión de encantos que iban desde la combinatoria de elefantes de cerámica con muñequitos de hule. Y la curiosidad mayor: el niño Jesús era más grande que sus padres.

Diciembre era entonces un tiempo de expectativas, de deseos a veces insatisfechos, de luz de hogar y participación colectiva en las novenas de barrio. Eran noches de licencia para los pelados, que entraban en el mundo artificial de las cervezas y los tragos fuertes. Y los villancicos, casi todos de autores e intérpretes venezolanos, se oían en coros desafinados de muchachos de pantalón corto.

Era un tiempo, como decía García Márquez, de mentiras poéticas, cuando los adultos inventaban que era el Niño Jesús el que traía los regalos y había que acostarse temprano para que él pudiera dejarlos bajo las almohadas. Había fuegos de artificio y se jugaba a los aguinaldos. El mundo se hacía más ancho y resurgían las posibilidades de que el carro del traído no fuese de madera sino de metal y con chofer. Quizá fuera de menos consumo y más imaginación, una facultad venida a menos. 

Nosotros, los sobrevivientes de aquellos diciembres todavía esperamos que aparezca el niño Jesús con todo lo que nos quedó debiendo, o que, en su defecto, retornen los Reyes Magos –hoy muertos y olvidados- que era la posibilidad que tenían las mamás de entonces para aplazar los regalos del veinticuatro. Diciembre era una promesa. Hoy es una nostalgia.

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Acróbata Sobreviviente

Mar, 12/25/2012 - 20:39
¡Lindo un pesebre con lama! Con el Dalai Lama, con el Panchen Lama, con el Karmapa Lama, con todos los seres que sienten, el Buda, las enseñanzas y la asamblea de bodhisattvas, los amigos en el Camino.
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Sybill P. Trelawney

Mar, 12/25/2012 - 17:00
...eehy, nené Rey: como que queda flotando no tanto el arrepentimiento ni la resaca que produce una hermenéutica anacronica (cuando ya pa'qué): sigue quedando en el aire esa sensación de castración: de sospechar que algo (nos) queda faltando, de que no estamos completos y que esta calendaria época no tiene -no tuvo- porqué resolvérnosla. Más allá de la "sabia" aceptación de los jerarcas de la santamadreiglesia acerca de que el natalicio del Redentor fue por allá en abril (democráticos los mancitos de sotana) y más allá del combate confesional contra las saturnalias latinas esta prolongada -excesivamente prolongada- convención cultural sigue propiciando la nostalgia y la 'gracilianesca' reflexión que acaban en grises meas culpas. La kenosis, viejo Rey, es cuestión diaria, es motivo de re-
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Sybill P. Trelawney

Mar, 12/25/2012 - 17:12
flexión a la hora del Angelus (cada seis horas). Y ojo que no se trata de chocheces, se trata más bien el curso casi lógico de lo que en la posmodernidad el catano Gianni Vattimo denominó "el pensamiento débil", significable entre otras cosas por esta manía humana (colombiana en el caso retratado aquí) de mantener costumbres/tradiciones de manera cibernética pero sin sacar provecho alguno, pues el pathos colombiano lo único que parece mudar es su capacidad de consumo en proporción directa con el endurecimiento de su habilidad exégetica respecto del abajamiento (kenosis). Que la resaca no es apenas la de 25 de diciembre -como éste- que se manifiesta en la estética de una prolija narrativa de "aquellos diciembres" (cada quien tiene su "aquellos") sino de esta secular carencia de sentido.
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Boyancio

Mar, 12/25/2012 - 09:46
por un lado es bueno que se consuma, pero si no hay con qué, la vaina se pone teza, no joda, que ya la gente se está liberando de maricadas y festejos de la sotanaduría con fuerte olor de engaño místico y papurreta en cantos de infantiles para que sigan sin opción de libertad en mente, porque esa maricada de alma, es puro cuento y cagarruta, namá.
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Boyancio

Mar, 12/25/2012 - 09:28
Esas cosas de navidad de los ricos y acomodados en billete, diga usted también de la clase media en vías de aparentar, es una maldad cuando hay niños que no tienen, ni ha tenido, la oportunidad de estrenar más que sea un calzón pequeño, las chancletas namá. Mientras el padre mamaba ron con sus amigotes, y la madre en agonia sus cabellos peinaba con manteca de cerdo esperando que pasaran las horas. Y la abuela, fumando calilla recordaba sus natividades cuando viajaba en burro de pueblo en pueblo visitando familiares y comadres, son en resumidas, tiempos vistos en diferente cutarro, ajá, si por allá alumbran en demacía las calles, por acá la brutalidad se alumbra con el mechón y la vela de turcarena, la que se saca del barro quitándole la arena. Vea, pues...¡que diferencia!, que a mi na.
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Boyancio

Mar, 12/25/2012 - 09:40
De dulce, nos daban el caldero del arroz para que le resparamos el cucallo y nos picaban panela con anis, y con agua de maiz endulzao con miel de canato, y dulce de guandú con guneo maduro. El café, era como diga usté la gaseosa dañina de hoy que nos ha traido el pocotón de diabéticos que sufren y pasan hambre teniendo buena comía. Ya, más muchacho, nos llevabamos a las pelas para el arroyo a jugar al papá y a la mamá...¡ayyy! vida pa sobrosa, pues afin de cuentas, en cada momento el hombre se adapta a las circunstancias de la sabrosura y el recheche acomodao.
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Requeñeque

Mar, 12/25/2012 - 08:07
En Colombia eso del árbol debió instituirse como en los 80's, que yo recuerde la gente solo hacía pesebres, yo hacía unas casa e iglésias divinas que aún algunas de las familias de la novia del momento conservan...
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gente común

Mar, 12/25/2012 - 07:50
Lo más lamentable es que persistamos en el engaño, Que nos opongamos a la evolución. Se vive con nostalgia lo que se añora y ésta va siendo una etapa que poco a poco va siendo superada por la sensatez, la desmitificación y por la asunción de responsabilidades con nuestro entorno. Celebraciones que sólo tienen como propósito "reactivar" la economía de algunos sectores basados en caza de oportunidades.
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JElkin2012

Mar, 12/25/2012 - 07:47
Los pesebres, elementos sin límites para que aquellos niños ejercitaran la imaginación. Dos precisiones. La natilla no es indigesta; puede ser que a usted le haga daño. Y, el árbol que cortaban para los pesebres en Antioquia es el carbonero; por cierto de muy lento crecimiento.
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ikaros50

Mar, 12/25/2012 - 07:40
Bien , asi fue lo que aun continua siendo un culto a la alegre idiotez .
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COLOMBIANOINGENUO

Mar, 12/25/2012 - 02:50
Excelente sinopsis de bellas epocas...-menos consumistas..mas humanas..pero al fin y al cabo festividades excluyentes!!!
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Aristócles

Lun, 12/24/2012 - 23:15
GRACIAS MILLONARIOS PORQUE LA NAVIDAD ES AZUL.
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