Por: Patricia Lara Salive

¡Aquí sí está pasando algo, presidente!

Estoy en Duitama. Vine a charlar con los estudiantes del Colegio Guillermo León Valencia.

Debía asistir a un almuerzo el martes, pero sólo llegué a las 5 p.m., a tiempo para dictar la charla de la tarde, gracias a que hice un largo periplo de seis horas esquivando el bloqueo de la vía Bogotá-Tunja, realizado por los cultivadores de papa y cebolla que participan en el paro agrario.

Aprovecho la visita no sólo para hablar de periodismo y literatura, sino para preguntarles a los estudiantes y profesores si entre ellos hay parientes de campesinos: una adolescente me dice que su papá cultiva papa, pero que ya el negocio no le da, que el costo de los fertilizantes y fumigantes es muy alto, que cada vez se requieren más químicos porque la tierra produce cada día menos y que los precios de venta de la papa son muy bajos, entre otras razones por la abundante oferta provocada por el ingreso del producto de otros lugares. Entonces —cuenta la estudiante— su papá está dejando el negocio porque con esos precios no puede competir.

Y el profesor de ciencias sociales Jeffer Bohórquez me cuenta que su padre posee 12 fanegadas en el Puente de Boyacá, que con el producido del cultivo de papa les costeó la universidad a sus nueve hijos, que también tuvo vacas, pero que luego de perder y perder abandonó la finca, pues se la dejó a un amigo que tiene un par de reses, paga los servicios y le da algo de pasto para que él venda.

—¿Y es verdad que la tierra cada vez produce menos?

—¡Sí, se acostumbra a los químicos! Y no disponemos de la asistencia técnica que nos enseñe a producir y suministrar abonos orgánicos —responde.

—¿Y de qué viven los campesinos de Boyacá?

—Antes, dice, rotaban cultivos y pasaban de la agricultura a la ganadería. Pero ya la leche tampoco da. ¡La verdad es que hoy la mayoría vive de los subsidios de Familias en Acción!

¡Presidente, eso que afirman los paperos, lo repiten los cebolleros, los cafeteros, los pequeños productores de leche, en fin, casi todos los minifundistas que no disponen de recursos ni tienen acceso a la tecnología y a las economías de escala que les permiten competir!

¡Esa es su realidad! ¡Y estas historias que cuento no son fabricadas por la subversión ni por la izquierda! Puede que ambas aprovechen la situación para incrementar el descontento y la protesta. Pero todos los que tenemos que ver con el campo, y somos pequeños cultivadores, sabemos que a veces resulta más barato dejar perder en los árboles las cosechas de naranja, mandarina y otras frutas, que pagar su recolección y transporte a los puntos de venta. Y sabemos que si tenemos unas pocas vacas, es por cariño a ellas, pues si logramos pagar sus costos, nos damos por bien servidos. Y sabemos que si continuamos empeñados en hacer producir el campo es sólo porque aún nos mueven la ilusión, el gusto por la naturaleza y el amor a la tierra. ¡No más!

¡Estos no son cuentos de la subversión! En Colombia no tenemos infraestructura para que nuestros productos compitan con los de naciones con las cuales hemos firmado los TLC. Nuestra mano de obra es muy cara. La revaluación del peso afecta. Además, en la mayoría de esos países el campo está subsidiado.

¡No es el senador Robledo el que se inventó este cuento! ¡Es el modelo de la economía agraria el que está en crisis, presidente!

P.D El miércoles debía regresar a Bogotá. Hoy jueves, a las 11 a.m., marco el 123 y la Policía me informa que aún no hay paso a la capital: las vías continúan bloqueadas.

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