Por: Esteban Carlos Mejía

Arciniegas o el arte de escribir (muy) bien

Leer es dejar de ser. Releer es volver a dejar de ser lo que se ha sido.

Todo vuelve de improviso: los sabores del texto, el vértigo de la imaginación, el olor del papel macerado por el tiempo, la vida que se fue, el asombro, el placer perenne de la (buena) literatura. Algo así me acaba de pasar con un libro de historia, el mejor libro de historia que he leído en español. Lo leí por primera vez cuando tenía 13 años y era un adolescente atolondrado en un colegio de casi curas, los Hermanos de La Salle, pedagogos antediluvianos. Lo leí deslumbrado por la nitidez de cada frase y la belleza de cada párrafo, y convencido de tener en mis manos una joya: Biografía del Caribe, de Germán Arciniegas.

Ahora, por bibliomancia, caí otra vez en sus páginas encantadas, en una edición modesta y bien hecha por Sudamericana. Está dividido en cuatro partes, siglo a siglo, del oro a la plata, de las luces a la libertad, y atiborrado de personajes imborrables: navegantes, aventureros, cartógrafos, reyes, príncipes, Simonetta Vespucci, capitanes del pueblo, ladrones, papas, cardenales, aventureros, reinas vírgenes, reinas (f)rígidas, reinas locas, Hernán Cortés, islas de siete colores, el Darién, Cartagena, Portobelo, Nueva Orleans, murallas, fortalezas, pólvora, ron, vacas, marranos, gallinas, católicos, hugonotes, judíos, españoles, franceses, ingleses, holandeses, matarifes, almirantes, adelantados, gobernadores, virreyes, riñas de gallos, corsarios, piratas, filibusteros, bucaneros, sir Francis Drake, negros, indias, mulatas, cuarteronas, Toussaint L’Ouverture, aventureros, Napoleón, napoleoncitos, poetas, guerrilleros, Francisco de Miranda, vagabundos, truhanes, guerras, batallas, naufragios, barcos, barquitos, barquichuelos, escritores (¡cómo no!), farsantes, traidores, banqueros, usureros y, desde luego, más aventureros.

Biografía del Caribe se lee de corrido como una buena novela, una hermosa novela histórica, inventada con elocuencia, sabiduría y refinamiento. Porque Arciniegas escribía con lozanía sin igual, estilo impecable y refrescante inteligencia. ¡Su escritura es una lección magistral! ¡Clásico de clásicos!

Rabito de paja: “Fuera de Turquía no existe un despotismo igual en el mundo como el de la llamada república de Colombia, bajo su actual dirección política y eclesiástica... A los peores caracteres de la España del siglo XVII, y de lo peor de España bajo Felipe II, Colombia ha agregado su propio escuálido salvajismo y ha combinado con exquisita escrupulosidad las peores formas de despotismo y de anarquía, crueldad, felonía, codicia y obsoleta vanidad. No puedo sentir respeto por un país semejante”. Theodore Roosevelt, Jr., presidente de Estados Unidos y Premio Nobel de Paz, 1903.

Rabillo: “Sólo habrá democracia cumplida cuando haya justicia para los humildes. Cuando haya, no tolerancia: respeto para el prójimo. Capacidad para trabajar y convivir en una comunidad de hombres diversos”. Germán Arciniegas, 1945.

Rabico: El senador Jorge Enrique Robledo es, como en el poema de Pedro Garfias, “vertical, inquebrantable, / firme sobre roca firme”. ¡Santos se metió con el que no debía!

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