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hace 19 horas
Por: J. William Pearl

Armstrong

El mito se derrumbó y dió paso al farsante.

El hasta hace poco héroe del ciclismo mundial, siete veces campeón del Tour de Francia entre 1999 y 2005 y medallista olímpico, se confesó con el mundo a través de Oprah Winfrey. Armstrong contextualizó sus respuestas argumentando que hacía parte de un sistema “en el que muchos lo hacían”, pero aceptó que lideró una organización pensada y montada para ganar carreras con base en el dopaje en la cual se perseguía y amenazaba a quienes se oponían a la trampa. También, que sin su fórmula de sustancias prohibidas y transfusiones de sangre hubiera sido físicamente imposible ganar.

Una confesión de esa magnitud es difícil, pero es liberadora.
Muy seguramente Armstrong habló porque vió que no tenía salida: quienes una vez fueron sus cómplices, lo habían delatado. Anteriormente, había jurado al Congreso Americano que nunca se había dopado; durante mucho tiempo insistió a los medios de comunicación que era inocente y que en toda su trayectoria deportiva no existía un resultado positivo en las pruebas anti-dopaje que le habían practicado.

En la entrevista, el ciclista dijo que “el afán de ganar a cualquier costo” fue el principal motor de sus acciones. Increíblemente, agregó, tratando de justificarse, que no se sentía haciendo trampa porque hacer trampa es enganar a otros para ganarles y si todos los ciclistas estaban en lo mismo, él simplemente, jugando bajo las reglas tácitas, fue superior a ellos.

“Ganar a cualquier costo”, tener éxito, cueste lo que cueste era su forma de ver la vida y su profesión.
Su confesión es un reconocimiento de la podredumbre del sistema, que tal vez trasciende el ciclismo y es pan de cada día en otras disciplinas. También es un drama humano enorme: es el drama de los ídolos con pies de barro, el de los delicuentes, o simplemente el de quienes no estando satisfechos con lo que son, pretenden ante los demás, ser algo distinto y viven mentirosamente.
Es el drama de los farsantes, que nos trae por lo menos tres lecciones básicas, pero muy olvidadas en nuestra Colombia de hoy.

La primera lección es hablar con la verdad: Armstrong construyó su vida y su carrera a base de pretender ser lo que no era. Para aparentar algo distinto le mintió a todo el que no hiciera parte de su círculo delincuencial: patrocinadores, filántropos, autoridades, aficionados y a su propia familia. Entró en una dinámica de sostener las mentiras, para lo cual debía mentir mas y hacer cada vez mas trampa. Suena familiar en nuestro entorno ?

Distinguir entre aspiraciones y codicia: Las aspiraciones son necesarias y legítimas, son un motivador valioso y a nivel social, son motor del progreso. Los “Armstrong” no trazan un límite entre sus aspiraciones y los derechos de los demás. Eso lleva a la codicia, que es una ambición desmedida y destructiva. En Colombia, vemos a diario ejemplos de una cultura codiciosa donde vale todo. Una sociead que acepta la codicia no construye civilidad y se autolimita.
Redefinir el éxito: Cuando el éxito depende casi exclusivamente de obtener dinero o poder, se cruzan límites indeseables. Hay que rescatar, dentro de la definición de éxito, los conceptos de respeto y dignidad de las personas para incorporarlos a nuestras conductas.

En la práctica, en Colombia, hablamos mucho de las falencias del sistema educativo, pero no hemos dado el debate sobre los retos que tenemos en el sistema formativo, el que inculca valores, hábitos y conductas en los menores de edad. La formación moldea el carácter. Tenemos demasiados “Armstrongs”en nuestra sociedad, requerimos una cultura mas civilista.

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