Por: Juan David Ochoa

Arte en la desgracia

Michael Haneke vuelve a demostrar su virtuosismo brutal en su reciente película, Amor. Una continua descarga de dolor lacerante y ascendente, una inmersión Dostoievskiana a los suburbios del hombre.

Ya lo había hecho en su trabajo anterior, la cinta blanca (palma de oro-2009), esa metáfora insufrible de la decadencia en que los hombres dejan entrever las garras del instinto entre los diálogos más tenues. Su frialdad, directa y excesivamente real en las temáticas más duras, lo convierten en uno de los pocos exponentes de las altas atmosferas del dramatismo. Exótica especie en la frivolidad universal.

Haneke revela la herencia de una estirpe que ha intentado penetrar las catacumbas del hombre hasta sus ínfimas perturbaciones, hasta los últimos temblores de la angustia y la zozobra. Lo hizo Esquilo, fundando la atención a la tragedia y a sus rutas, lo hizo Sófocles, lanzando a Edipo hasta impregnar la percepción inaugural del psicoanálisis, lo continuaron los monjes medievales en la sombra criminal del dogmatismo, cuando el calor de la desgracia crepitaba bajo el coro agónico de los herejes, y en secreto redactaban la cantata que después resonaría entre los bombos de Carl Orff, Carmina Burana (el pesimismo aprisionado entre la rueda del destino). Lo agigantó la pluma atemporal de William Shakespeare, cuando le daba esta respuesta al rey Macbeth después de la noticia del suicidio de su concubina, la retorcida lady ... “la vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se agita y que tiembla una hora en la escena, y después no se escucha más. Es una historia llena de sonido y de furia, contada por un idiota, y que no significa nada”.

Pero fue un oscuro y trágico ruso quien rompería otras fronteras del espíritu. Desde el infierno propio de la ludopatía y la epilepsia, y desde el juicio por traición que lo llevó a la infamia de Siberia entre asesinos, Dostoievski percibió los intersticios de la humanidad en sus incendios, sus cámaras secretas de tortura entre la fe y los látigos de la razón, entre el suicidio y la esperanza, entre las últimas ambivalencias de la intriga. Toca la atmosfera inefable del dolor hasta que sólo, por medio del instinto y la sospecha, percibimos a la especie perdida en el naufragio del azar y sus azotes.

Así transcurren los personajes de una obra con título hiriente, Amor. Son destruidos levemente por la furia del tiempo hasta que el lazo filial de la sobrevivencia los asfixia. Es el agobio de las cámaras en el registro glacial de la catástrofe sin concesiones a los nervios, sin privilegios al respiro, no hay intervalos de moral o patetismo o vaguedad. Cuando los créditos ascienden a la franja superior de la pantalla, reconocemos la crudeza que el lenguaje siempre oculta para no estallar desde la histeria de la sangre, y confirmamos la máxima de Kant desde la sombra de la percepción, “ lo sublime es lo terrible contemplado desde un lugar seguro”.

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