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Carlos Granés 28 Feb 2013 - 11:00 pm

Arte, rebelión y dinero

Carlos Granés

Hace unas semanas ocurrió un fenómeno inusual en el barrio de Wood Green, al norte de Londres. Alguien, para desagrado de los vecinos, hizo desaparecer un pedazo de pared de una fachada de la avenida Whymark. Al poco tiempo se descubrió que aquella jugada estaba lejos de ser un simple acto de vandalismo.

Por: Carlos Granés
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En el recuadro extraído había una de las famosas imágenes del artista callejero Banksy, lo cual convertía al bloque de ladrillos en una valiosa mercancía. Dos semanas después, una casa de subastas de Miami ofrecía la obra. Los cálculos más pesimistas sentenciaban la puja en el medio millón de dólares, aunque seguramente la pieza habría llegado a la sala de algún fan del grafitero por cerca del millón de dólares. La venta se frenó, al parecer, por las protestas de los vecinos de Wood Green, que se consideraban los legítimos dueños de la obra, ¿pero dónde está ahora ese codiciado trozo de pared?

Este episodio, en apariencia anecdótico, refleja uno de los aspectos más salientes de la práctica artística contemporánea: la estrecha relación que existe entre el dinero y la rebeldía. Hoy en día se pagan verdaderas fortunas por objetos artísticos que reflejan actitudes iconoclastas, transgresoras o desafiantes. Damien Hirst y su subasta de 2008, en la que un lote de cien de sus obras salió a la venta sin intermediación de galeristas y marchantes, dejando en los bolsillos del artista cerca de doscientos millones de dólares, es el ejemplo más visible. Hirst se convirtió en el niño malo del arte contemporáneo, heredero de la actitud punk y de la estética morbosa y transgresora, no para disgusto de la burguesía, sino para regocijo de los inversionistas y multimillonarios más conspicuos del establishment.

Los tiempos en que el artista marginal y sedicioso encarnaba las peores pesadillas del burgués han pasado. Los cambios recientes en el gusto privilegian las personalidades arrolladoras, el desparpajo soez y las emociones fuertes sobre la visión imaginativa, el talento o la calidad de las obras. A diferencia de la literatura, donde el éxito comercial no recubre necesariamente de atributos a una novela, en el arte quien más caro vende es el que más expone y el mejor. Eso ha sido un estímulo irresistible para que artistas como Jeff Koons o Takashi Murakami contraten asesores de imagen o industrialicen su producción para saturar las galerías. Robert Hughes decía que el mercado del arte era a la cultura lo que la minería a cielo abierto a la naturaleza. Tenía razón: desde que el arte se convirtió en inversión, lo que prima es la espectacularidad, la fama y el ruido que hay en torno a una artista o una obra, no la obra misma.

Aunque Banksy ha colaborado con Hirst, no sería justo acusarlo de ser un simple mercachifle. Sus stencils y grafitis son muestras de ingenio e imaginación lúdica, que además deslizan comentarios sociales y políticos de gran agudeza. Aun así, Banksy encarna hoy en día el espíritu rebelde mejor que nadie, y por lo mismo sospecho que ese trozo de pared permanecerá escondido algún tiempo, hasta que los años le inflen otra cifra a su ya abultado precio.

 

* Carlos Granés

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