Por: Fernando Araújo Vélez

Asesinar la conciencia

Fue la orden más difícil que tuvo que impartir desde que conoció a Ernesto, 25 años antes, cuando los dos eran unos eternos soñadores que pretendían cambiar el mundo, primero con la poesía, por la poesía, y luego con las balas o con lo que fuera.

Y fue difícil, dolorosa, desgarrada y eternamente triste, porque la víctima era precisamente Ernesto, su viejo amigo, su antiguo “camarada”, como se saludaban; quien lo había motivado a hacer la revolución, quien lo había adoctrinado con decenas de libros de Hegel, de Marx, de Lenin y sobre Lenin, del Che.

“Sabe demasiado”, fue lo que les dijo Cartucho a sus subalternos luego de darles la orden, pero él sabía que esa no era la razón fundamental de la ejecución. Ernesto había sido siempre el más leal de los combatientes, el más puro. Jamás delataría a nadie, ni siquiera con una motosierra a un milímetro de su cuello. Entendía la revolución como una necesidad hacia el pueblo y por amor al pueblo, no por odio hacia las aristocracias, y estaba convencido de que nadie debía sacar provecho de las victorias. Nadie.

Sin embargo, con los años, y una que otra derrota, algunos de los viejos principios, la unidad, las lealtades, se habían diluido dentro del grupo, como si la férrea convicción sobre lo que debía ser el futuro se hubiera resquebrajado. Hasta Cartucho era más laxo ahora. Camionetas, whisky maltés, ropa. No era el tipo de antes. Seguro se había convencido de que no lograrían el cambio total que habían soñado, y ante la impotencia, prefirió no perderlo todo, acomodarse a ciertas realidades.

Mientras más se alejaba de los antiguos ideales, más rehuía la mirada, la presencia y, sobre todo, la conciencia de Ernesto, el espejo en el que no quería verse. Ernesto desnudaba sus debilidades, sus complacencias. Ernesto le gritaba sin musitar palabra que había transado, que traicionó a los miles de combatientes muertos que habían dejado tantos años de guerra, tantas batallas, y a los pocos vivos que aún creían en él. Ernesto, en últimas, era el único que ofrecería su vida a cambio de los ideales que él había abandonado. Por eso ordenó matarlo.

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