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Lorenzo Madrigal 15 Sep 2013 - 11:00 pm

Así es el olvido

Lorenzo Madrigal

DE LOS AMIGOS QUE DEJAMOS DE ver nos llega insospechada la noticia de su muerte. Hernando Giraldo. Supimos que había salido de sus colecciones antiguas, que se había separado del periodismo (“ya no me leen ni los amigos”, lo que no era cierto) y que se había retirado a una parcela en la Mesa de Juan Díaz (“a un escarbadero”, “donde esperar el infartico”).

Por: Lorenzo Madrigal
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No sé ni de qué murió. Leí que fue un jueves y sus funerales debieron ser en la Mesa. No vi sus avisos; no leí su obituario; un artículo, sí, de un señor, cuyo segundo apellido es Giraldo, lo que no es garantía de haber sido pariente suyo. Giraldos en periodismo han sido muchos; arzobispos dos; ministros de justicia, uno; recolectores de firmas, uno; decanos javerianos, uno; candidato anapista, uno: Jaramillo Giraldo; torres de gran prestigio, una: la Giralda.

Para quienes frisan los cuarenta y cinco el recuerdo tiene que estar vivo. Fue Hernando periodista de altísima alcurnia; libre, como se denominaba su columna en El Espectador de los Cano. Claridad y descomedimiento para decir las cosas eran su estilo. Se surtió de turismo, desenfundó el paisanaje (era un caldense de Neira) y frecuentó igualmente las altas esferas de la sociedad capitalina.

Su columna diaria y mordaz aparecía con un dibujo de mi factura. Tenía un sinnúmero de lectores, aunque entonces no se medían fastidiosamente por “compartidos” virtuales. Se sentía que era leído. Vivió, solterón, con su querida madre, doña María Álvarez, y aquel binomio privado debió ser enternecedor y placentero, encumbrados en una torre del centro de Bogotá.

No sé cómo enviaba sus trabajos. Tal vez los recogía la “chiva ” del señor Castiblanco, de El Espectador, que recorría la ciudad haciendo el periódico. Ya retirado, me invitó con José Salgar a un restaurante a la salida para La Calera y me sorprendió esa distinción de amistad, que no prodigaba fácilmente. De aquella terna quedo a la expectativa.

Fue también empresario y dueño de restaurante de platos exquisitos, en el centro de la ciudad. No supe cuándo se le quebró la vida; por qué se fue sin decirlo, qué le disgustó para dejar de escribir, si lo hizo por años con tanto éxito. Anticipó demasiado tiempo su muerte, quizás convencido y aterrado del final inexorable. Tal vez fue plácido su remanso, tal vez se reencontró con los suyos, tal vez se envolvió en sí mismo para desprenderse del paisaje y de la vida (“despedidme del sol y de los pinos”, susurró Miguel Hernández, moribundo).

Morir en las últimas páginas o no morir en ninguna, como ocurrió en el caso de Hernando, es concederle todo al olvido, auténtico alzhéimer de la historia, que borra las vanidades del mundo. Lorenzo, al menos, recuerda con nostalgia a su amigo Hernando Giraldo. Con su nombre tal vez haya muchos, pero me refiero al grande.

 

  • Lorenzo Madrigal | Elespectador.com

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