Por: José Fernando Isaza

La atemporalidad de lo clásico

En la crónica del escritor Roberto Burgos sobre la visita del premio Nobel de Literatura J.M. Coetzee, se lee que cuando Fernando Gómez le pregunta “¿Qué está leyendo?”, aquél le responde Von Kleist y la conversación sigue a propósito de Kohlhaas, el criador de caballos.

Heinrich von Kleist (1777 - 1811), entre su variada obra escribió una corta novela, La asombrosa guerra de Michael Kohlhaas, en la que recrea una guerra de guerrillas que tiene lugar en la Alemania de Lutero en el siglo XVI.

Durante las negociaciones con las Farc en el Caguán, un experto en conflictos internos, León Valencia, recomendaba la lectura de esta obra para comprender mejor a la contraparte. No obtuvo mucho éxito; era difícil conseguir una versión en español. Hoy es más accesible, gracias a la traducción de Guillermo Hoyos, publicada por la Universidad Nacional.

Kohlhaas es un criador de caballos, los lleva de Brandeburgo a Sajonia por caminos sin barreras ni peajes. Un día encuentra, al lado de una fortaleza, una barrera; el aduanero le informa que es un privilegio de peaje. De mala gana lo paga, pero al poco tiempo es detenido por el príncipe, que le exige, además del pago, autorizaciones y credenciales. Un caballo es retenido y el acompañante golpeado. El criador de caballos decide buscar justicia, recurre a todas las estancias y tribunales para conocer si el príncipe tenía derecho a cobrar peaje y a exigir documentos.

En vano. No recibe respuesta. Decide vender sus propiedades e iniciar la búsqueda de justicia por su propia mano. “No deseo vivir en un país donde mis derechos no están protegidos”. En palabras de Von Kleist: “Le dio por exagerar el culto de una virtud; fue el sentido de la justicia la razón que lo convirtió en forajido y asesino”.

La guerra se extiende a toda Alemania. Kohlhaas sólo pide que se le haga justicia, se le devuelva su caballo y se indemnice a su ayudante, quien había sido golpeado. No exige lo mismo por la muerte de su mujer, pues muere en combate. Se narran las peripecias para tratar de devolver su caballo, la confrontación continúa. Hay negociaciones de paz, se discute si es posible hacerlo con un ciudadano alzado en armas, se acuerda que es más conveniente para las instituciones considerarlo como una “fuerza extranjera invasora del país que como sedicioso alzado contra el trono”. Después de mucha sangre se logra un armisticio con la participación de Martín Lutero y se hace justicia en cabeza de los hijos de Kohlhaas.

Cuando se iniciaron las negociaciones en el Caguán, el discurso de Manuel Marulanda enfatizaba en la necesidad de reparar a unos campesinos que habían sido atacados militarmente y sus cosechas, sus marranos, gallinas y vacas, destrozados. En todas las declaraciones, Tirofijo insistía en que el ataque fue injustificado, la comunidad campesina sólo buscaba mantener unas tierras de colonización, pues había sido expulsada de sus fincas.

Se les atacó siguiendo instrucciones del ejército de los Estados Unidos bajo el Plan L.A.S.O., política de la Guerra Fría que veía en cualquier organización campesina una amenaza comunista que hacía peligrar la retaguardia de Norteamérica. El discurso de Marulanda se recibió con burlas; sin embargo, quienes conocían a fondo las ideas de Tirofijo consideraban que en ese momento buscaba más una reivindicación histórica que la toma del poder.

El resto es historia bien conocida.

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