Por: Roberto Esguerra Gutiérrez

La autonomía profesional del médico

La autonomía es parte esencial de todas las profesiones, entendida como la libertad que tiene el profesional para aplicar el conocimiento especializado de su profesión empleando su criterio y su conocimiento para tomar las decisiones.

No hemos visto mayores debates sobre la autonomía profesional de abogados, economistas o de otros profesionales, pero con mucha frecuencia la autonomía profesional de los médicos ha sido motivo de intensos debates. La razón es que el Estado ha creído que limitar la autonomía del médico es un buen camino para controlar los costos del sistema de salud, lo que constituye una tremenda equivocación.

Esta ruta se inició hace unos años, cuando el gobierno, mal asesorado, entre otros desde el Centro de Gestión Hospitalaria, equiparó la autonomía con la autorregulación profesional, que es otro aspecto distinto, también esencial de las profesiones e indispensable para preservarlas como tales. Tamaña equivocación afectó negativamente la imagen de ese centro, que más tarde decidió cambiar su nombre.

El debate desde entonces no ha parado y en las discusiones de las últimas leyes de salud ha estado siempre presente. La Ley 1438 del 19 de enero de 2011, aunque corrige el error anterior al separar autorregulación y autonomía, se equivocó al definir esta última como “la garantía que el profesional de la salud (sic) pueda emitir con toda libertad su opinión profesional con respecto a la atención y tratamiento de sus pacientes con calidad, aplicando las normas, principios y valores que regulan el ejercicio de su profesión”. La autonomía no se puede limitar a emitir opiniones, pues su esencia se refiere a tomar decisiones.

En la Ley Estatutaria de Salud, actualmente en revisión en la Corte Constitucional, finalmente se corrige esta cadena de errores al definir la autonomía: “Se garantiza la autonomía de los profesionales de la salud para adoptar decisiones sobre el diagnóstico y tratamiento de los pacientes que tienen a su cargo. Esta autonomía será ejercida en el marco de esquemas de autorregulación, la ética, la racionalidad y la evidencia científica”.

La autonomía profesional de los médicos es indispensable para garantizar la calidad del acto médico y para fortalecer la relación del médico con el paciente. El médico que haya sido formado bajo sólidos principios éticos buscará siempre y ante todo el bienestar de su paciente, por lo tanto su autonomía beneficia en últimas a los enfermos.

No sobra recalcar la importancia de la autorregulación que deben ejercer las organizaciones médicas, la cual, según la Asociación Médica Mundial, debe asegurar la calidad de la atención prestada a los pacientes, la competencia del médico que la presta y su conducta profesional.

La autorregulación es una obligación colectiva, mientras la autonomía recae en los individuos; la autonomía por definición no admite limitaciones ni interferencias, mientras la autorregulación es el mecanismo que establece reglas y límites. La una y la otra son elementos fundamentales que la sociedad confiere a las profesiones, buscando el equilibrio que garantiza el beneficio de los individuos. La autonomía es un privilegio, la autorregulación es una obligación.

Se hubieran podido evitar muchos debates y controversias y ojalá no se hubiera tenido que llegar hasta definir la autonomía de una profesión en las leyes, sin embargo, al haber quedado bien definida en una ley superior ojalá se aleje para siempre la obsesiva fijación de creer que el buen ejercicio de la medicina es responsable de los altos costos de la salud. Nada más alejado de la realidad. Los verdaderos responsables hay que buscarlos en otros lados.

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