Por: Ignacio Zuleta

Avanzamos (aunque renqueando)

Tres noticias. 1. En un fallo reciente, la Corte Constitucional le pone plazo al Congreso colombiano para legislar sobre la inclusión obligatoria de información sobre el origen transgénico o genéticamente modificado de los alimentos. Pronto veremos pues dicha información impresa en los empaques plásticos que cunden los supermercados. 2. En Ruanda, el plástico no biodegradable está prohibido desde 2008. 3. En Francia no habrá bolsas plásticas a partir del próximo enero.

Encontré estas noticias cuando estaba a punto de tirar la toalla y declararme con el alma derrotada por el azogue venenoso de la desesperanza ambiental. Un colega sabio me soltó la frase: «perdidas las ilusiones, perdido el aguante». Y decidí mirar el mundo con ojos positivos por un par de días. De ahí que, al saber que hay cosas que no van tan mal, retorna la alegría.

La primera noticia es importante pues los colombianos, a pesar del Estatuto del Consumidor, estamos destinados a la ignorancia de lo que nos comemos. No solamente estamos sujetos a los agrotóxicos, la contaminación del arroz y el pescado por mercurio y los antibióticos en los animales. De encime, no sabemos si lo que va al estómago son organismos genéticamente modificados que tanto daño han hecho en el ecosistema, a los modos de producción limpia y sustentables y al conocimiento tradicional de la biodiversidad. Lo mínimo que podemos hacer como consumidores es exigir nuestro derecho a saber qué nos metemos a la boca, de dónde procede y qué características tiene. El tercer mundo utiliza los mismos venenos y peores que el primero, pero a escondidas, pues la ignorancia y la falta de controles eficientes por parte del Estado nos convierte en víctimas ideales de las triquiñuelas comerciales de las multinacionales: pesticidas prohibidos, drogas que después de ser rechazadas por los países ricos vienen a parar por estas tierras, desechos tóxicos, eléctricos o radiactivos, Organismos Genéticamente Modificados... Ya veremos si el Congreso, el Gobierno y la ciudadanía se pellizcan con el fallo de la Corte.

La segunda buena noticia es haber descubierto que Ruanda, ese país que fue asolado hace 20 años por su genocidio interno, logró una cierta estabilidad desde la cual repensarse. Una de las consecuencias es la sabia prohibición del plástico no biodegradable. Aunque eso no hace de Ruanda un país limpio, es uno de los países más limpios del planeta, al menos desterraron las bolsas engarzadas en las plantas y las antenas, atoradas en las cloacas y fuentes de agua y apiladas en los rellenos sanitarios. Ahora piensan prohibir otros tipos de plástico y, con la disculpa de su postconflicto, sueñan incluso con declararse como un país libre de plásticos como un primer paso para ser una nación sustentable de medianos ingresos. La tercera noticia, la prohibición de las bolsas plásticas en los supermercados en Francia a partir de enero entrante, es un antecedente extraordinario en consonancia con otras legislaciones circundantes. Necesitamos con urgencia seguir estos ejemplos: de poco sirve saber que la mazorca es transgénica si además viene adobada con vinilo.

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