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Doña Gula 3 Mayo 2013 - 11:00 pm

Máquina de moler

Badea: el buen sabor de la simpleza

Doña Gula

En el mundo de las frutas existe una familia denominada las pasifloráceas, que comprende 12 géneros y cerca de 500 especies, unas comestibles y otras ornamentales.

Por: Doña Gula
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Esta familia, de origen completamente tropical, alberga en su prestigioso árbol genealógico cuatro frutas cuyas flores despertaron, por su forma, la mayor admiración entre los botánicos del Viejo Mundo que nos visitaron en los siglos XVI y XVII. Se dice que fueron unos misioneros españoles quienes las bautizaron como las pasionarias, pues creyeron reconocer en la flor los instrumentos de la pasión de Cristo: los clavos se reconocen en los tres estigmas, la corona de espinas en los múltiples pétalos filiformes, el cáliz en el ovario pedunculado, las cinco llagas en otros tantos estambres y la lanza en la hoja.

Así las cosas, se conocen como frutas de la pasión la granadilla, la curuba, el maracuyá y la badea. Se trata de cuatro primas muy diferentes las unas de las otras, no sólo en sus rasgos, sino fundamentalmente en su esencia; en otras palabras, morfológicamente no se parecen en nada, pero sus genes internos sacan la cara por su consanguinidad, caracterizándose todas por ofrecer en el bouquet de sus cuerpos una gelatinosa aglomeración de sus semillas. Amantes por doquier tiene la granadilla; más encopetada aún y más prestigiosa es la curuba; en cuanto al maracuyá, si bien su acidez lo asemeja más a un derivado del petróleo, es necesario reconocer que su sabor ha conquistado las más reputadas cocinas europeas. Finalmente, la boba de la badea, con su enorme tamaño, su gran peso, su escaso contenido frugal y su mal ganado desprestigio en asuntos de sabor, se convierte en la renegada de la familia, y es sobre los encantos de esta pobrecita que pretendo hacer mi apología.

Es un hecho: soy una consumidora empedernida de este mamotreto de fruta, la cual muchas veces no llega a manteles debido a su famosa simpleza, siendo exactamente dicha simpleza la que alborota —en el buen sentido de la palabra— mis jugos gástricos. Obviamente no se trata de un producto con la versatilidad culinaria de otras frutas, como el mango, el durazno, el coco o la piña, pero es tal el encanto que encuentro en su sutil sabor que me conformo plenamente con las mínimas propuestas que su naturaleza permite y que resumo así: en su versión más sofisticada, preparo un postre que obtengo de mezclar helado de vainilla, crema de leche y la pulpa de la badea; menos complicada y mucho más sencilla es su receta de jugo, el cual preparo añadiendo gotas de miel, cubos de hielo y agua, y la forma que más me gusta, que por lo demás es la más sencilla, es refrigerar la fruta durante un mínimo de tres horas para luego proceder a partirla por la mitad y degustarla directamente en su corteza con cuchara en mano, y pare de contar. ¿Muy simple? Cuánto hubiera dado Jesucristo en la sed de su agonía por una cucharada de la fría y simple badea.

*Doña Gula

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