Por: Nicolás Rodríguez

Balas perdidas con acento canadiense

Algo y nada tienen que ver la bala perdida con que algún alegre y bravucón parrandero recibió el año nuevo, en festiva guachafita parroquial que se cobró la vida de una niña de 11 años, con la decisión del gobierno conservador canadiense de permitir que sus educados y pacíficos ciudadanos exporten armas a Colombia.

Lo primero es costumbre nacional, como quien se come sus doce uvas, además de continental, pues Colombia no es el único país de América Latina en el que “del cielo llueven balas”, para usar la trillada (y cómplice) expresión con que se suele hacer referencia al evitable hecho cada que ocurre.

Lo segundo, aunque igual de deplorable (“cosas del TLC” dirán con razón los más cínicos), viene antecedido de una situación que paradójicamente supone algo positivo: Colombia goza de buena imagen en el exterior, no obstante la oposición y el cabildeo de los grupos defensores de los derechos humanos.

Es por ello que un país como Canadá, que se jacta de no parecerse culturalmente a los Estados Unidos (hay quienes les miran, incluso, con pesar), se permite incluir a Colombia en la grisácea lista de quienes pueden tener acceso a sus armas. Canadá (o su gobierno conservador, que no es lo mismo) considera que nuestros ciudadanos, como nuestra democracia (y nuestro mercado con sus "new opportunities"), pueden más que nuestra violencia. Somos de confiar, entonces, como cualquier Suecia, con la diferencia de que por allá no hay conflicto armado ni guerra que alimentar, de la misma forma que las balas no se suelen perder.

Otro positivo falso del que desafortunadamente ya volverán a escuchar los secuaces del Busch canadiense, Stephen Harper, siendo tan comunes y folclóricas entre nosotros las balas perdidas. En adelante, además, con cada volador decembrino podrán salir las dichosas balas en manada, provenientes de armas automáticas que por supuesto están terminantemente prohibidas en su lugar de origen.

Aunque perdidas, por lo menos ya sabremos de dónde vinieron. Indumil ya no está sola.

 

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