Por: Carlos Granés

Banalidad y fanatismo

Hace unos meses, en el Instituto Cervantes de Madrid, el sociólogo Gilles Lipovetsky y Mario Vargas Llosa debatieron sobre el estado actual de la cultura.

El encuentro fue apasionante, porque ambos, a pesar de coincidir en su diagnóstico, extraían conclusiones muy distintas sobre la deriva del mundo contemporáneo. Coincidían en que la alta cultura está en declive y muchos productos culturales han sucumbido a la lógica del espectáculo, pero mientras Vargas Llosa veía este fenómeno con inquietud, Lipovetsky encontraba en él aspectos positivos. El novelista no estaba en contra del entretenimiento, pero señalaba que cuando la cultura se limitaba a confortar al espectador, en lugar de cuestionarlo, se perdía el espíritu crítico. El sociólogo, por su parte, reconocía que las artes habían perdido toda pretensión de cambiar el mundo, pero consideraba que a cambio habían legitimado el hedonismo, el placer y la diversidad de estilos de vida, hasta el punto de desactivar las ideologías asesinas del siglo XX y masificar los valores democráticos.

De aquel debate, salí creyendo que la banalidad de los realities, la novedad pop, el arte escandaloso, la publicidad, el consumo masivo, las macrofiestas y demás fenómenos contemporáneos podían tener una consecuencia positiva: restaban dramatismo a la existencia y actuaban como antídoto al fanatismo. ¿Quién iba a pensar en proyectos utópicos con el estribillo de Gangman Style en la cabeza? Al menos la banalidad podría traer calma y confort, me dije. Pero ahora, leyendo las memorias que acaba de publicar el escritor Salman Rushdie, ya no estoy tan seguro.

Como bien se sabe, Rushdie fue condenado a muerte por el Ayatola Jomeini en 1989, tras la publicación de Los versos satánicos. Desde entonces, Rushdie tuvo que ir de aquí para allá, pidiendo posada a sus amigos, alquilando y abandonando casas, siempre con cuatro escoltas del servicio secreto británico que controlaban su vida. Aunque esto de por sí fue molesto, lo realmente traumático fue la reacción de algunos políticos, medios de comunicación y sectores de la opinión pública de occidente, que en lugar de señalar lo absurdo que era ver a un líder religioso sentenciando a un escritor por hacer lo que desde siempre han hecho los novelistas —criticar, satirizar, distorsionar—, le dieron la razón al Ayatola y culparon a Rushdie de habérselo buscado.

Estas memorias son un baldado de agua fría sobre las sociedades occidentales. Muestran lo fácil que es traicionar ciertas conquistas ilustradas, como la libertad de expresión y el secularismo, cuando la opinión pública no reacciona ante los nuevos retos sociales. La ira islámica no se vio como lo que era, una muestra de radicalismo intolerable, sino como una práctica cultural distinta de la nuestra que debía ser respetada. Fue el primer síntoma de la confusión que puso en duda todo principio, todo valor, y que relativizó todas las prácticas culturales. ¿Con qué derecho podía juzgar occidente a una potencia islámica? Que se lo pregunten a Rushdie: para que el hereje no vuelva a ser despellejado, mientras los demás nos divertimos con el rapero PSY.

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