Por: César Rodríguez Garavito

La banalización del racismo

Mucho se ha avanzado en visibilizar a la población negra y la discriminación contra ella, como lo muestra la bienvenida Cumbre Mundial de Líderes Afro en Cali y Cartagena.

Pero el reconocimiento simbólico no se ha traducido en cambios materiales; pasará la cumbre y, junto con los discursos, quedarán los vacíos de las políticas públicas y la falta de oportunidades concretas para la población negra.

Comencemos con los adelantos. Hasta hace poco la posición oficial del Estado era que aquí no había discriminación racial. Así lo solían declarar los gobiernos ante el Comité contra la Discriminación Racial de la ONU.

La labor del movimiento negro y otros sectores de la sociedad civil llevó al reconocimiento gradual de la discriminación. Hoy los medios hablan del tema, mientras que el Gobierno abandonó la negación oficial. El 70% de los colombianos aceptan que en el país hay racismo, según la encuesta Lapop. De modo que en el plano simbólico —el de las percepciones y las declaraciones— el progreso es indudable.

La transformación simbólica es necesaria, pero no suficiente, para resolver la discriminación. Hace falta contrarrestar las desventajas que enfrentan los afrocolombianos: sus dificultades para acceder a educación de calidad, su escasa participación en las nóminas de empresas y entidades públicas, su presencia desmedida entre las víctimas del desplazamiento forzado, los obstáculos diarios que siguen encontrando para entrar a restaurantes y discotecas.

En todos estos frentes las cifras siguen siendo tan preocupantes como en la época de la negación del racismo. Sólo un ejemplo: en el mercado laboral de Bogotá el color de la piel del postulante es el factor que más afecta la probabilidad de ser llamado a entrevista para un empleo, según un estudio reciente que hicimos desde el Observatorio de Discriminación Racial y la Universidad de los Andes.

El problema es que, sin cambios tangibles en la realidad, los avances simbólicos están llevando a la banalización del racismo: a cambios cosméticos en el lenguaje diario y los discursos políticos. Hoy lo políticamente correcto es decir “afro” en lugar de “negro”, pero los afros están en la misma condición en la que estaban los negros. Se da publicidad al Día de la Afrocolombianidad y se deja a un lado el tema el resto del año. Se conmemoran los 50 años del discurso más célebre de Martin Luther King, pero se olvida que en la misma semana se cumplían 20 años de la Ley 70 de 1993, que prometía derechos económicos y territoriales para los afrocolombianos. En su discurso en la cumbre de Cali el presidente Santos, de súbito consciente de la falta de políticas y representación para líderes negros en su Gobierno, hace pasar por tales a un par de ministros recién nombrados por razones muy distintas.

Brillan por su ausencia iniciativas que implican gastos, no gestos. El Gobierno dejó morir en el Congreso el proyecto de ley de acciones afirmativas para que los afros accedan a la educación superior y el empleo, similares a las que viene promoviendo Brasil, o las que impulsó EE. UU. tras la alocución de King. No ha definido cómo y cuándo el DANE les preguntará a los colombianos por su identidad étnica-racial en el siguiente censo, y sigue sin reglamentar buena parte de la Ley 70 de 1993. Y el sector privado, salvo contadas excepciones, se mantiene al margen.

Así como la discriminación de género no se soluciona con una flor el día de las mujeres, el racismo no se resuelve siendo políticamente correcto sobre “lo afro”. El lenguaje y los rituales, por sí solos, no nos hacen iguales.

 

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