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Miguel Ángel Bastenier 4 Mayo 2013 - 11:00 pm

Barack Obama, contra la pared

Miguel Ángel Bastenier

El margen de maniobra del presidente Obama en el conflicto sirio es cada vez menor.

Por: Miguel Ángel Bastenier
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Y por su grandísima culpa. Hace unas semanas dijo que una de las líneas rojas que el régimen de Bashar Al-Assad no podía cruzar, sin exponerse a las más calamitosas consecuencias, era la utilización de armas químicas. Y lo decía, casi en plan de amigo, para que Damasco no lo obligara a hacer lo que visiblemente no quiere: intervenir directamente en la guerra damascena.

Fuentes israelíes, trompeteadas en Occidente, aseguran que el ejército sirio, al menos en dos ocasiones, ha empleado gas sarín contra los insurrectos, y el coro de la derecha norteamericana y los partidarios de Israel le exigen que cumpla su palabra, mientras el presidente norteamericano se revuelve como puede pidiendo pruebas contundentes de que es así, mientras puede que se pregunte cómo han podido los hombres de Assad regalarles ese arma arrojadiza a sus peores enemigos en Washington.

La guerra civil siria está en un punto nunca mejor calificado que ‘muerto’, sin que los rebeldes, aunque dueños de algunas zonas fronterizas al norte del país, y capaces de actuar en todo el territorio, están suficientemente desunidos como para tener que conformarse con una situación permanente de tablas; y los leales al dictador apenas lo abandonan con cuentagotas, con lo que el conflicto puede durar años. Y por ello la utilización del gas en enfrentamientos puntuales y de menor envergadura no iba a significar absolutamente nada en el cuadro general de la guerra, lo que induce pensar que el recurso ha sido idea de instancias de mando muy secundarias.

Estados Unidos ya toma parte, sin embargo, en la sarracina, aunque calibrando cada paso con nonius. La CIA entrena a bandas rebeldes en Jordania y coordina el trasiego de armas que éstos reciben de regímenes tan pulcramente antidemocráticos como Arabia Saudí y emiratos del Golfo. Los insurrectos no tienen aviación ni lanzamisiles o blindados, pero en todo lo demás que es lo propio de una guerra de calle o cerco mucho más que de campo abierto y despliegue logístico, andan bien surtidos. El paso siguiente en esa escalada contra Damasco sería, por tanto, como ya se hizo en Libia para acabar con Gadafi, y en una primera fase de la guerra en Afganistán contra los hoy resucitados talibanes, dotar a los rebeldes de lo último en instrumentos de muerte; bombardear, quizá con drones, las posiciones enemigas; “liberar” un territorio a modo de retaguardia segura contra la que nada pudieran las tropas de Assad; establecer corredores de suministro para los rebeldes en el interior del país; y muy probablemente ese esfuerzo, sin llegar a la intervención directa con fuerzas de campo, bastaría para derrotar al régimen alauí o forzarlo a negociar con todas las de perder.

Y si Washington ya es de alguna manera parte en los combates, ¿qué retiene a Obama?

Lo primero es que parece verosímil que la clique de Assad podría optar por la fórmula ‘Armagedón’ —si caigo yo, que lo hagan otros conmigo—, como sería lanzar, con la colaboración de Hezbolá en el vecino Líbano, su misilería contra Israel para provocar una guerra generalizada, de las que su gran aliado, Irán, tendría difícil excusa, e Irak, sumido en una guerra de relativamente baja intensidad muy parecida a la de Siria, se vería igualmente envuelto. Y lo segundo es que los elementos más activos entre los rebeldes son los representantes del movimiento terrorista Al-Qaeda, el Frente Al Nusra, y no hay manera de armar a unos, los más o menos laicizantes y demócratas que pueda haber en la rebelión, sin que los beneficiarios sean también los otros.

El caso de Irak es incluso más perentoriamente grave que la propia la vecindad iraní, porque en el país del Creciente Fértil una minoría suní, aliada de facto a la mayoría siria de la misma confesión que lucha contra Assad, está ya en virtual sedición contra el régimen de Nuri al Maliki, de mayoría chií, y aliado a la vez del Irán chií y los alauíes de Siria. Y el corolario de todo ello es una guerra que puede haber cobrado ya cerca de 100.000 vidas, pero aún localizada, en la que las dos grandes confesiones musulmanas, sunismo y chiísmo, se enfrentan por el dominio de la región, con sendos campeones in situ, Arabia Saudí por los suníes e Irán por sus primos extraviados de religión.

Ante semejante panorama, la reticencia de Obama a dejarse embarcar en un conflicto generalizado, cuando entiende que su misión es la de librar a Estados Unidos de costosas e inútiles guerras exteriores, alcanza casi aureola de santidad. Pero el terreno en el que se mueve es cada vez más menguado y el interés de Israel por destruir a su segundo gran enemigo (después del iraquí Sadam Hussein) y la belicosidad planetaria de los republicanos y la derecha norteamericana, en general, podrían muy bien acabar prevaleciendo para desmedro de todos; tanto los que ganen como los que pierdan.

Miguel Ángel Bastenier* Columnista de ‘El País’ de España, maestro de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

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