Por: Nicolás Rodríguez

Basta ya, sí, ¿pero de qué?

Para que la combativa consignaque sirvió de título al informe del Grupo de Memoria Histórica no caiga en la intrascendencia de un grito más; para que la apuesta por las víctimas no se convierta en un saludo a la bandera cuyo escudo en realidad es incapaz de proteger la vida de quienes se movilizan por sus tierras; en fin, para que los plinios apuleyos se equivoquen cuando afirman con desdén que estos estudios no tienen ningún impacto, probablemente una de las muchas cosas que se requieren es no rutinizar el perdón.

Al presidente Santos hay que reconocerle que les pidió perdón a las víctimas en nombre del Estado y su violencia, que acaso sea más por acción que por omisión. Si bien el turno es para las Farc, el perdón de Santos se dio ante la Corte Constitucional, siguiendo las recomendaciones de un informe que documenta esas violaciones y en el contexto de unas negociaciones de paz. Algo bien serio, si se quiere. Pero no suficiente.

El perdón genérico, dirigido a todas las víctimas del conflicto, es una versión refinada del “todos somos responsables” con que se firmó el pacto de perdón y olvido que dio inicio al Frente Nacional y cerró la época de la violencia partidista. Hace falta un perdón ante víctimas concretas, por hechos discernibles y en regiones específicas, con el reconocimiento de las autoridades regionales involucradas y el dedo señalando hacia los políticos y las brigadas militares que son.

Por lo demás, cualquiera sea el cálculo político que sus adversarios le quieran endosar al perdón presidencial, hay algo refrescante que se desprende de toda la ecuación. Un mensaje que le da un sentido menos pasajero al “basta ya”, o que impide que lo banalicemos con el tiempo y sus futuras violencias: el Estado no es una víctima más del conflicto, como lo quisieran algunos sectores, sino que tiene su grado de responsabilidad.

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