Por: Lisandro Duque Naranjo

Basura

Durante tres días sufrimos una acumulación callejera de las basuras que producen siete millones de habitantes de Bogotá. Sin ningún pudor, se exhibieron a la luz del día los regueros de bolsas con los desperdicios que genera la condición humana.

No se contó, durante esa brevedad, con el alivio que procuran las brigadas de obreros y recicladores que en los silencios nocturnos desaparecen las evidencias de todo lo que botamos durante el día. Al despertarnos y salir a la calle, la bestia seguía ahí. Por fortuna ese caos se empezó a superar justo en las vísperas de la llegada de zancudos, roedores y aves de carroña, criaturas insalubres que la naturaleza nos manda en estos casos.

Todo ocurrió en ese lapso en el que se vencieron los contratos de las empresas que prestaron hasta la fecha el servicio de aseo, y la entidad contratante, el Distrito, les hizo exigencias novedosas a los licitantes, algunos de los cuales querían repetir adjudicación con los mismos términos de referencia, ya inaceptables. En ese dos por tres del calendario, surgió el conflicto y la ciudad empezó a verse sucia y a oler peor. Algunos contratistas habían dejado la basura tirada antes de vencérseles el contrato. Cuestión de horas apenas, pero cruciales. Desde las cinco de la mañana del 18, algunos medios empezaron a atribuir la profusión de bolsas no recogidas a una negligencia deliberada del alcalde por atrincherarse en su actitud contra la libre empresa. Petro, con reflejos antiguos, sacó 470 volquetas y un montón de braceros que tenía en la manga, pero qué va: la tarea era ardua y le faltaron 95 centavos para completar el peso. Se replegó.

La administración distrital, sin duda, no usó el tiempo necesario ni para divulgar el porqué de las condiciones que les estaba poniendo a los contratistas, ni para informar a la ciudadanía sobre las ambiciosas proyecciones de su propuesta.

A diferencia de como ha ocurrido durante las últimas administraciones, con resultados vergonzosos, Petro tiene el empeño de no abandonar a las fuerzas del mercado el manejo de un asunto tan estratégico y obligado a mejoras como el de las basuras. Su proyecto de poner en marcha ya una cultura cívica del reciclaje, algo que les resbala a quienes cumplen esa tarea por lucro, merece el respaldo ciudadano.

Aunque bajo presión, el alcalde no solo le rebajó costos al servicio, sino que obtuvo un 52% del Distrito en el control del mismo, recuperando la iniciativa de lo público frente a lo privado, contrariando el prejuicio, ya desacreditado, de que la eficacia depende de soltarles las decisiones a los particulares.

El programa que para las basuras ha diseñado la Alcaldía, significará el respeto debido a la población recicladora, que se calcula en catorce mil familias no solo altamente vulnerables, sino de enorme eficiencia en el cumplimiento de ese trabajo. Reivindicarlas, pagándoles lo mismo que en proporción obtienen las grandes empresas, es algo que no solo respeta su derecho constitucional, sino que repercute en calidad de vida para el resto de bogotanos. Otro logro es la obligación de las empresas licitantes a contratar a sus operarios según las normas laborales. Y por supuesto, la ganancia mayor consistirá en convencer a los habitantes de la capital para que asuman que la disciplina del reciclaje empieza por casa, como un asunto de conciencia para que ese futuro que se nos vino encima no nos agarre sitiados por tantas cosas que consideramos desechables y que en realidad no lo son. Seguir echando en la misma bolsa las sobras orgánicas con el papel, el plástico y el vidrio, es igual que dejar la llave del agua abierta cuando salimos de la casa. Un acto de barbarie.

Pero ya empezaron los medios a hostigar con el cuento de que los compactadores alquilados llegaron oxidados. Serán dos o tres. Y aunque fueran más. Simplemente se devuelven, y ya. Parece haber más basura en las conciencias que en las bolsas.

 

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