Por: Diego Aristizábal

Basura que dice quién eres

Años atrás, cuando estudiaba mi pregrado en Periodismo, en un curso de Antropología nos pusieron a hacer un curioso trabajo: husmear la basura de nuestros vecinos.

¿La razón? Tratar de leer al otro desde lo que consume y desde lo que desecha, hacer interpretaciones de ingresos, entender el tipo de vida que lleva, saber un poco más de aquel que podríamos o no conocer a través de una discreta ventana o de un simple saludo.

El ejercicio no era fácil, al fin y al cabo la basura hace parte de la intimidad de las personas. A pocos les gusta que les abran las bolsas que se amarran con doble nudo, que vean las fotos rotas de un matrimonio que se acabó o una carta de amor despechado untada de una colita de cebolla que hizo llorar.

La basura hace parte de nuestras vidas, convivimos con ella, nos reconocemos a través de ella; por eso dolió tanto que la semana pasada el Distrito no hubiera sabido qué hacer con la basura y toda la intimidad de los hogares, el fétido olor de cada uno de nosotros, nos acompañara más tiempo del que estamos acostumbrados a soportar. Quedó en evidencia lo terrible que puede ser convivir con nuestra inmundicia y con la del otro; al fin y al cabo, si nos deshacemos de algo, es porque no lo queremos volver a ver. Lo que encuentra uno en las bolsas de basura no es más que el reflejo de una sociedad, y lo que pasó en Bogotá es apenas una muestra de lo nocivos que somos todos sus habitantes.

Cuando vemos una ciudad que por unos días no supo qué hacer con su basura, no es raro llegar a pensar que esta capital, pudiendo ser grande y hermosa, se degrada, toca el fondo más escabroso en diversas temáticas. Todo esto debería servirnos para pensar que hay males que permanecen en las calles, como el mal estado de las vías, como la terrible movilidad, como tantas cosas que siguen ahí y nos gritan que no hay una cura a la vista para la desdichada urbe.

Los problemas de Bogotá, insisto, son tan graves que este de las basuras termina siendo un asunto menor dado el caos que vivimos apenas abrimos la puerta de la casa y lo primero que vemos es una densa nube de humo contaminado, un conductor que pita cuando el semáforo está en rojo, el bus que se atraviesa y te insulta, la tapa del alcantarillado que se robaron hace meses y no cambian, los huecos enormes que nos acostumbramos a ver, el ladrón que corre con un retrovisor, el Transmilenio inhumano y las noticias en donde todos los que hablan se declaran inocentes mientras la ciudad huele mal desde hace mucho.
Si la basura dice bien quién eres, Bogotá entonces, la semana pasada, demostró cómo poco a poco se hunde en su miasma, se la traga el estado lamentable que todos reconocemos en ella.

[email protected] / @d_aristizabal

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