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Corpovisionarios 1 Mar 2013 - 9:00 pm

Basuras: cambio cultural

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Hace algunas semanas, en este mismo espacio le propusimos a la ciudad entender las dificultades de Basura Cero como una oportunidad para repensar nuestra relación con las basuras...

Por: Corpovisionarios
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Hace algunas semanas, en este mismo espacio le propusimos a la ciudad entender las dificultades de Basura Cero como una oportunidad para repensar nuestra relación con las basuras, pues sin dejar de reconocer que buena parte del caos generado recae sobre las autoridades del Distrito, es un error creer que el éxito del nuevo modelo depende exclusivamente del alcalde y sus funcionarios, máxime cuando el relleno sanitario Doña Juana es una bomba de tiempo que amenaza con un nuevo desastre ambiental a menos que la ciudadanía asuma una actitud de compromiso y empiece a aportar desde donde le compete: el reciclaje.

¿Cómo encender los motores de un cambio cultural que aún no despega? El enfoque de cultura ciudadana señala que los cambios voluntarios de comportamientos colectivos se logran cuando hay una alineación entre la ley, la moral y la cultura; es decir, cuando los valores morales del ciudadano van en la misma dirección de la ley y además dichos valores son compartidos por sus semejantes en la vida diaria. Desde esta óptica —además de una evidente falta de pericia técnica en la implementación del modelo— podemos decir que Basura Cero ha fallado a la hora de impulsar un cambio cultural
Si bien en el ámbito legal el alcalde emitió un decreto que ordena reciclar en la fuente, la promulgación de una norma pocas veces basta para que sea apropiada. Reemplazar el famoso “comuníquese y cúmplase” por “comuníquese, explíquese, compréndase y cúmplase” es necesario, aunque existe la ventaja de que en lo relativo al componente moral es probable que exista ya una alineación. ¿Acaso alguien podría calificar el reciclaje o la protección del medio ambiente como algo “malo”? ¿Se alegraría la población si la ciudad permaneciera infestada de basuras o si Doña Juana volviera a colapsar? A juzgar por el descontento ciudadano registrado en la semana del 18 de diciembre de 2012, lo consideramos improbable.

Nuestra hipótesis sugiere, entonces, que la discordancia reside en la dimensión cultural, pues es este tercer componente el que no pareciera coincidir con los otros dos. Esto dejaría claro no sólo hacia dónde deben enfocarse los esfuerzos en adelante, sino el tamaño de un reto que, por un lado, exige la transformación de creencias, tradiciones y costumbres de una sociedad aún ajena al tema de los desechos y, por otro, requiere la superación de los problemas propios de la acción colectiva: en ocasiones, la pereza de aquellos “acomodados” que optan por no hacer nada, esperando que el éxito del esfuerzo de los otros los cobije, termina por torpedear el proceso, impidiendo que el grupo logre los objetivos propuestos.

Si la meta fuera que a partir de mañana los capitalinos dobláramos la cantidad de residuos que se reciclan en la ciudad, dilemas sociales como el anterior estarían a la orden del día, dado el alto coste individual que supone el separar en la fuente —disponer de dos canecas, usar bolsas blancas y negras, separar cuidadosamente al cocinar y comer, enseñar a otros integrantes del hogar a hacer lo mismo, etc.— y que haría que muchos prefirieran no hacer nada, bien sea por pereza o porque aún no tienen conciencia suficiente de que un desastre ambiental futuro podría perjudicarles de forma directa.

En casos como el anterior, el principio de solidaridad ofrece una alternativa en tanto puede convertirse en un potente motor para la acción. Estudios científicos recientes señalan que la solidaridad —más que una característica de humanidad— es una ventaja evolutiva que posibilitó el progreso del hombre primitivo, que impulsa la ayuda en otras especies y que cuando nos toca en lo profundo puede llevarnos a niveles de cooperación difíciles de alcanzar bajo otros incentivos. En la vía de construir una cultura del reciclaje, ¿qué podría despertar en nosotros la solidaridad que nos lleve al “todos ponen, todos ganan”?

Hagamos un ejercicio. Deje de lado, por un momento, el incentivo que para reciclar representa el amenazante relleno Doña Juana. Deje de lado también el decreto del alcalde y los beneficios para el ambiente; olvide la publicidad de Basura Cero en los paraderos de buses, en los afiches y en las cuñas de radio y piense ahora en los rostros humanos que sostienen una parte importante del proceso de recolección. En Bogotá existen más de 14.000 personas que encuentran en la basura que usted y yo arrojamos una forma de subsistir, cuyas condiciones de trabajo han sido históricamente pisoteadas, al punto que la Corte Constitucional tuvo que salir en su defensa. Si usted, desde la comodidad de su casa, pudiera hacer de un pequeño acto un enorme gesto de humanidad para el bienestar y la dignidad de al menos una de estas personas, ¿lo haría?

Imagine la sorpresa del reciclador al encontrar una bolsa de “basura limpia” —debidamente empacada— en donde usualmente debía untarse de todo tipo de desechos para hacer su tarea. Sería, por decir lo menos, una interesante forma de comunicación en el espacio público porque, al separar desde nuestras casas, estaríamos enviando el mensaje “yo estoy pensando en usted”, mientras el reciclador, al ver que hemos depositado todo lo que se pudre en la bolsa negra, concluiría sin duda “aquí hay alguien que ha pensado en mí”. Si la paz se construye a partir de actos sencillos y cotidianos, reciclar como forma de querer y valorar al otro sería un buen aporte. Entendido como reconciliación, sería una muestra alentadora de que la historia de las sociedades modernas se inclina, más que por una lucha de clases, por la cooperación entre ellas.

Finalmente, sabremos que para el éxito de la acción colectiva la coordinación de los actores es clave. Es probable que muchos en este punto crean que es bueno reciclar y sientan que deben hacerlo, pero no lo hagan porque sencillamente ven que los demás tampoco lo hacen, por lo que concluyen que su esfuerzo será inútil. Si las organizaciones de la sociedad civil —con el apoyo comprometido de los medios de comunicación y los líderes de opinión— lideraran una iniciativa que dirija a la ciudadanía hacia un esfuerzo sincronizado, los avances serían visibles en menos tiempo, provocando que más y más personas se sumen. Si logramos convertir el reciclaje en una norma social, habremos transformado nuestras actitudes, habremos evitado el colapso de Doña Juana, habremos contribuido a la conservación del ambiente y, aún más importante, al bienestar de seres humanos que tienen derecho a un trabajo digno. En suma, habremos vuelto a nuestra época dorada, a la capital de la cultura ciudadana.

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