Por: María Elvira Samper

La batalla de la comunicación

NO DEBEN ESTAR TRANQUILOS EN LA Casa de Nariño con los resultados de la encuesta de Datexco para la W y El Tiempo, según los cuales la imagen favorable del presidente Santos cayó 12 puntos con respecto al sondeo de enero (pasó de 59,6% a 47,3%), mientras que la negativa subió de 30,7% a 43,77%.

En cuanto a la reelección, si bien Santos no ha dicho expresamente si aspira o no a un segundo mandato, el 87,7% de los entrevistados dice que, si lo hace, no votaría por él, una caída de 47 puntos con respecto a enero.

Entre las causas del desplome, una de mucho peso tiene que ver con el pesimismo creciente frente a las conversaciones de La Habana: el 52,87% desaprueba el manejo que el Ejecutivo les está dando a los diálogos, y el 67,3% no cree que éstos deriven en un acuerdo para poner fin al conflicto. Sin embargo, el descreimiento no necesariamente obedece a indicios ciertos y verificables de que no hay avances en la mesa (al parecer los hay, aunque lentos), sino a la enorme y mayoritaria desconfianza en las Farc (76,7% de los entrevistados no cree en su voluntad de paz), y a que las acciones violentas adquieren una connotación distinta en medio de conversaciones de paz. Mientras en los gobiernos de la seguridad democrática los hechos de guerra eran interpretados en forma positiva, como los coletazos de un grupo terrorista en repliegue, debilitado y acosado por la Fuerza Pública (el famoso y triunfalista “fin del fin”), la lectura que la opinión hoy hace de ellos es negativa, como la demostración de que las Farc han recuperado terreno porque el Gobierno bajó la guardia en materia de seguridad.

Como el proceso se adelanta en secreto, difícilmente la gente apoya lo que desconoce, y lo que conoce no ayuda: secuestros, atentados, bombas...; declaraciones afrentosas de los voceros de las Farc (“no tenemos secuestrados”, “somos víctimas”...), y propuestas por fuera de la agenda acordada, lo cual sirve para nutrir el beligerante activismo antiproceso del expresidente Uribe y su corte, arúspices del desastre que hacen política apostándole al fracaso de las conversaciones. Todo esto, sumado a los vacíos de información del Gobierno, le ha significado un costo político muy alto al presidente Santos.

Con cada atentado, cada muerto, cada bomba, cada secuestro, cada declaración destemplada de los negociadores de las Farc, disminuye el apoyo ciudadano a los diálogos y sufre la imagen del presidente. La opinión es volátil y emocional, altamente influenciable, y sin su respaldo difícilmente puede prosperar el proceso. Por eso no basta con que el presidente salga de vez en cuando a calmar los ánimos con tibias declaraciones en el sentido de que la mesa va bien, o a pedir paciencia porque “50 años de conflicto no se arreglan en poco tiempo”. Hace falta un liderazgo más firme y asertivo de su parte, salirse de la trampa en que lo tiene metido el discurso uribista, que lo mantiene a la defensiva, moviéndose como gato entre cristales. Hace falta que haga pedagogía sobre el proceso, dar orientación, señales claras, convencer, comunicar. Sobre todo comunicar, porque no es posible ganar batallas políticas sin una buena comunicación. Y eso es lo que les falta, y en grandes dosis, al presidente y a su equipo, no sólo para concitar apoyos para el proceso, sino para minimizar la feroz oposición uribista.

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