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Héctor Abad Faciolince 27 Jul 2013 - 11:00 pm

La beba perpetua

Héctor Abad Faciolince

UNO PUEDE ESTAR o no de acuerdo con muchas propuestas que hace el alcalde Petro para Bogotá. Yo he criticado muchas de sus alcaldadas. Pero su última decisión, que ha despertado la furia de la Federación de Comerciantes y de las licoreras del país, me parece en cambio una medida sana.

Por: Héctor Abad Faciolince

Su finalidad es buena: tratar de disminuir los homicidios y la violencia asociados al consumo de alcohol, y para esto poner límites a la venta de trago en las tiendas de barrio, que en Bogotá son cerca de 80.000.

El nuevo decreto restringe el horario de las tiendas que venden licor. Si venden trago, tendrán que cerrar a las 9 de la noche, y no podrán abrir hasta las 10 de la mañana. La medida es transitoria y experimental, por lo que se aplicará solamente en algunos sectores de la ciudad. Si resulta eficaz para reducir ahí los índices de violencia y homicidios, podría volverse permanente. Esto es sensato pues si se confirma su eficacia será una decisión política tomada por la evidencia, y no por la ideología.

Les parecerá extraño que alguien que ha defendido la legalización de la marihuana y en general la despenalización del consumo de drogas, apoye ahora las restricciones a la venta de alcohol. Mi posición no es contradictoria. Decir que un adulto es libre de consumir lo que es dañino, no es lo mismo que defender la facilidad de acceso a estas sustancias, ni la liberalización de su consumo en cualquier sitio. Lo que le hace daño al individuo y además tiene correlación con conductas antisociales (y en esto el alcohol es muy pernicioso) debe tener muchos controles de despacho. Así se hace en los países que funcionan mejor que el nuestro. Aquí —desde cuando cerraron los estancos— venden ron, cerveza y aguardiente en cualquier tienda de esquina, y esto lo único que ha hecho es fomentar el alcoholismo, incluso entre menores.

El gran éxito que han tenido en el país las religiones evangélicas ha sido este: alejar a sus fieles de la borrachera. La adicción al alcohol genera pobreza. También está asociada con violencia callejera e intrafamiliar. Los evangélicos se empeñan en campañas de temperancia que nos pueden parecer ridículamente moralistas, pero a las personas que siguen estas conductas sobrias, en general, les va mejor en el trabajo y en la casa. No es una gracia divina sino la adopción de costumbres moderadas lo que les ayuda a alejarse de los problemas asociados al trago.

Las licoreras oficiales, que son las grandes beneficiarias del “estado cantinero” colombiano, dicen que estas medidas de Petro les traerán grandes pérdidas. ¡Pues qué bueno! Una disminución en las ventas de alcohol sería solamente una buena noticia para el país. Como Petro no puede prohibir que las tiendas de barrio vendan alcohol, adopta ingeniosamente una medida indirecta de restricción de horario a las que vendan trago, y premia con horarios más extensos a las que no lo vendan. Algo tan sencillo, un horario y unas restricciones a los sitios de venta, puede salvar miles de vidas juveniles y adultas.

Estar a favor de la libertad de culto no significa que se puedan abrir iglesias en cualquier lado; tolerar la prostitución no quiere decir que se puedan abrir burdeles donde sea; defender la música no es lo mismo que dejar abrir discotecas al lado de las casas donde se duerme; aceptar la marihuana no equivale a permitir que se fume en clase o en la calle. Así como las campañas de educación y restricciones de sitio ayudaron a que el consumo de tabaco disminuyera, así mismo estas medidas para limitar los lugares y los horarios en que se pueda vender alcohol, podrían ser una gran idea para mejorar la convivencia. Los índices de alcoholismo en Colombia son altísimos y ya era hora de que alguien le pusiera freno a esta beba perpetua.

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