Por: Lorenzo Madrigal

Benedicto sólo hay uno

Que un hombre lleno de poder humano —eclesial y divino—, como el inefable papa Benedicto XVI, haya decidido dejar el trono, constituyó uno de los acontecimientos político-religiosos más impresionantes de la historia contemporánea.

Yo, que no admiraba al papa —lo acataba con humildad filial—, desde ese momento lo santifiqué en mi corazón. Viendo las cosas de manera simple, sin entrar en disquisiciones sobre ese acto sublime, de pronto más prosaicas, no cambiaré mi nueva opinión sobre el Pontífice, cuya seriedad intelectual es incuestionable.

¿Quién, por Dios, en lo meramente político, acepta que renunciar es algo consecuente y necesario? Recordemos cuánto se demoró el presidente Nixon para dar el llamado paso al costado, tras el escándalo de Watergate.

Entre nosotros, renunció el presidente López Pumarejo en el 45, tras arduo debate opositor, aunque se dijo que se había retirado y viajado en razón de la salud de su esposa. Como fuera, el Partido Liberal se cayó del poder hegemónico y no faltó quien dijera, ¿lo ven? Es lo malo de renunciar.

No hay renuncias a la vista en esta hora de Colombia, cuando se destapa, hora tras hora, la cola de serpiente de Odebrecht, que todo lo mancilla. Aquí, como en todo el mundo, los entuertos que le van apareciendo afirman al poderoso y este compra y ablanda a los más duros personajes con el dulzor de un puesto o de un favor oficial. No se caen dictaduras oprobiosas, mucho menos ceden quienes se han instalado en el mando con trampas menores de campaña y de topes de financiación.

Más grave sería, en el caso colombiano, preguntarse por qué un mandatario puede tan fácil y sustancialmente mutar el programa de gobierno con el que fue elegido. Todo lo cual equivale a afirmar el principio absoluto del poder por el poder, fuente sin límites de autoridad, una vez conquistado. No se hable más, el que manda, manda (“y en foto José Marulanda”, rezaba un comercial antiguo en la Villa de la Candelaria).

Se menciona mucho el peligro de desacreditar lo que funciona como establecido, pero mezclado de corrupción, porque se puede llegar a lo que ahora llaman populismo. Que surja en contra de los políticos en caída libre, un Chávez o un Maduro (bueno, éste es un heredero sin gracia), pero entre nosotros no se ve uno parecido al que reconstruyen culebreramente las telenovelas. Por fortuna.

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En mi opinión, nunca se elegirá a una Claudia López como presidenta, ni a una Clara, entre el gobierno y la izquierda. Deje los santos quietos el exprocurador Ordóñez, porque sólo podrá negociar una tercería. Les veo posibilidades, un tanto remotas, a Marta Lucía Ramírez y al antinómico Jorge Enrique Robledo, muy solitarios. Y ninguna a Roy, con todo y su libro biográfico del respetable Beccassino.

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