Por: Juan Carlos Botero

¡Bienvenido el nuevo papa!

El Papa que sucederá a Benedicto XVI es lo que la Iglesia católica necesita: un reformador que transformará la institución en una entidad sintonizada con su tiempo, más abierta y moderna, más incluyente y tolerante, y eso la salvará de la progresiva erosión de sus defensores y creyentes, y de terminar olvidada en el desván de las religiones obsoletas.

Estos cambios son bienvenidos. Para muchos serán revolucionarios y asustarán a los líderes más reaccionarios de la Iglesia, pero para el resto del mundo serán urgentes y además elementales. Para empezar, el nuevo papa le dará un timonazo a las denuncias de abuso sexual, pederastia, maltrato y violación a niños y niñas por aquellos curas que, en teoría, los tenían que cuidar y proteger. El papa abrirá los archivos y permitirá que el público tenga libre acceso a los documentos para que los sacerdotes responsables de cometer o tolerar esos horrores sean castigados por la ley, y no la Divina después de fallecidos, sino la humana y mientras viven. Consciente de que la estrategia del “tapen, tapen, tapen” de esas infamias ha garantizado la impunidad de los culpables, y que eso ha generado aún más atropellos, la nueva política será de cero tolerancia al abuso. Ahora la posición oficial será ventilar esos casos y no proteger a los atacantes, y menos aún, como han hecho tantos obispos para evitar el escándalo, simplemente trasladar al violador de parroquia en donde, tarde o temprano, ha vuelto a cometer nuevos crímenes contra criaturas indefensas, como lo hizo Lawrence Murphy, el cura que abusó de 200 niños sordos en EE.UU.

Otro cambio fundamental será que el nuevo papa acabará con el voto de castidad. Nadie sabe cuánto dolor y daño ha causado esa obligación, cuánta frustración de sentimientos naturales, y cuántos crímenes nacidos de esa misma represión inhumana. En otras iglesias los pastores son libres de amar a Dios y a la vez a su pareja, sin menoscabo de los deberes religiosos, y el papa seguirá su buen ejemplo. Claro, eso no obligará a ningún cura a casarse. Pero aquel que desee formar un hogar, como lo hacen felices los magníficos pastores de la Iglesia episcopal, ahora tendrá esa opción. Con una ventaja adicional: cuando el sacerdote hable de los retos del amor y del esfuerzo de formar una familia, al menos sabrá de lo que está hablando.

Por último, el nuevo papa permitirá el sacerdocio de mujeres. Avergonzado de haber tolerado durante siglos esa prohibición anacrónica, que refleja una clara discriminación y un concepto inadmisible de lo que es la mujer, como un ser inferior, incapaz de celebrar la misa, el nuevo papa le pondrá fin a ese veto absurdo. Con estos cambios tan importantes (y muchos otros más), la Iglesia católica recibirá a nuevas multitudes en su seno, millones que desean hacer parte de la institución pero que no lo han hecho porque esas tesis y reglas les parecen inmorales e inaceptables.

En fin, sé que es improbable que todo esto ocurra, y lo más seguro es que pase lo contrario: que el sucesor de Benedicto XVI sea tan retrógrado como él, pues el nuevo papa será elegido por la mayoría actual de cardenales conservadores. Pero soñar no cuesta nada. Y el hecho de que no suceda no significa que no pueda suceder. Y más importante todavía: no significa que no deba suceder.

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