Lorenzo Madrigal 15 Jul 2012 - 11:00 pm

Bogotá necesita pintura

Lorenzo Madrigal

Entrando a Bogotá, en horas valle (¡cielos!), se tiene tiempo de sobra para mirar de cerca o en forma panorámica y para pensar en todo lo que hizo falta para que esta ciudad, que muchos hemos adoptado como nuestra, fuera armoniosa y ordenada.

Por: Lorenzo Madrigal
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Planeación urbanística eficiente no la hubo, en tiempo alguno. Muy tarde se preservaron algunos pocos barrios (La Merced, La Candelaria) para ponerlos a salvo de un progreso que estaría muy bien si no hubiera sido tan atropellado. Viejas añoranzas: la pérdida en 1938 del convento de Santo Domingo, en la calle 12, durante el gobierno del primer Santos (sin contar a los que tenían el Santos por nombre); el hotel Granada, sobre la séptima con Jiménez, apacible refugio, muy central, del candidato Gabriel Turbay Avinader. Toda la pérdida republicana y de sabor europeo que pudo tener nuestra Calle Real (la misma carrera Séptima), atribuida a los incendios del 9 de abril de 1948.

Nada hay que hacer sobre el desarreglo urbanístico de construcciones disímiles en tamaño y estilo, de aceras irregulares, no aptas para invidentes y peligrosas para videntes; de lotes con improvisados parqueaderos y de tantas ofensas a la vista para los caminantes que no marchan obstinados en lo suyo o para los que viajan movilizados en una ciudad trancada e inmovilizada.

De lo que aún queda por hacer cabrían sugerencias. Una es la de pintar lo que puede pintarse, que no es poco, o el cemento que puede retocarse (una mano de gris basalto ayuda). La ciudad del centro luce sucia y tiznada por el smog. Los propietarios bien podrían destinar algún dinero al vinilo exterior y al rodillo. Mejor que ordenanzas sería una campaña cívica voluntaria. Los enrejados y puentes peatonales de Transmilenio, tan ordinarios y monótonos, demandarían muchos galones de pintura, en toda caso necesarios.

Mención aparte es la permisividad que existe para ensayar obras de arte juvenil en los muros de la ciudad. Hay zonas en donde este ejercicio puede llevarse a cabo, con resultados estéticos que, tal vez, a algunos entusiasmen. Pero no toda la ciudad puede verse pintarrajeada, sin selección ni criterio. Y sin un mínimo de buen gusto.

Como la curaduría urbana nunca unificó estilos ni dimensiones, las culatas de los edificios ofenden la vista, algunas decoradas, como la que imita mal al artista Omar Rayo, visible en la avenida diecinueve, con dirección a los cerros. Enorme plagio, hoy por cierto desteñido y ruinoso.

Bogotá, en cambio, es ciudad de algún decoro y señorío al interior de los edificios, en portales y recepciones, que hacen contraste con las calles por donde se accede a ellos. Y, bueno, es la ciudad que nos ha correspondido, fuera de la cual nos sentimos desubicados. Pero algo de pintura haría tanto smog más respirable.

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