Por: Catalina Ruiz-Navarro

Bolero falaz

La semana pasada, el periódico El Tiempo publicó la historia de Betsy Bermúdez, una mujer de 27 años que, desde los siete, fue abusada y luego violada repetidas veces por su padre. La historia de Betsy Bermúdez es la de muchas: la madre no la defendía porque también era maltratada, el hermano que vivía en la casa no le creía y el agresor la amenazaba con matar a cualquier persona con quien ella tuviese un vínculo afectivo, primero su hermano y luego su hija. En uno de sus intentos por escapar, Betsy Bermúdez se fue a vivir con un joven que resultó siendo otro maltratador: la dejaba encerrada en la casa y finalmente la embarazó. A pesar de que Betsy no sabía si el embarazo era fruto del incesto o de su novio abusador, decidió llevar a término el embarazo. Esto a pesar de los golpes de su padre, que intentaba forzarla a abortar y que luego usaría a la bebé como el mejor chantaje para controlar a Betsy.

Cuando finalmente Betsy Bermúdez reunió la fuerza para denunciar, tuvo una suerte que no tiene la mayoría: el sistema funcionó, capturaron a su agresor (un año después de la denuncia) y lo condenaron (dos años después) a suficientes años de cárcel. Pero no fue solo: Betsy tuvo que pasar por una primera denuncia, y retractarse ante la amenaza de su agresor, lo que le valió el rechazo de toda su familia. Solo tiempo después, cuando el padre abusó de una amiga de su hermano, le creyeron y tuvo el apoyo necesario para poner la denuncia.

Apenas unos días después de hacer pública su historia, Betsy Bermúdez desapareció, para aparecer una semana después en el Hospital de Kennedy, con síntomas de intoxicación con escopolamina.

Es bastante probable que un crimen no tenga que ver directamente con el otro. Con su agresor en la cárcel, Betsy tendría que haber estado segura. Pero su historia muestra que el problema no es tan sencillo, los agresores están por todas partes, en su casa y fuera de ella, porque son parte de un sistema. Esta historia también muestra que no basta con la cárcel. La vía punitiva sólo mejoró la vida de Betsy en tanto que se castigó, justamente, a su primer y más grande agresor. Pero quedaron todos los demás, incluidos quienes sean responsables por su desaparición.

Son muchísimas las mujeres en Colombia que no están seguras en las calles, mucho menos en sus casas y menos aún en su más profunda intimidad. Muchas mujeres en Colombia sencillamente no tienen lugar. Este es un tipo de violencia que además de tener efectos físicos tiene secuelas psicológicas: imaginen vivir en un mundo sin refugio, en donde nunca se puede estar seguro. Esto es lo que significa una vulnerabilidad estructural.

La seguridad de las mujeres no depende de que se queden en sus casas, de que cambien de pareja o de trabajo. La justicia no es responsabilidad de las víctimas y las sobrevivientes, a pesar de que suele ser su valentía y su vehemencia lo único que las distancia de la impunidad. A veces. Pero hay formas de violencia de género que acechan en todos los espacios, y mientras nosotros seguimos exigiéndoles a las víctimas “empoderamiento”, no hacemos nada para que los espacios que habitamos sean no solo seguros, también amables, para las mujeres a nuestro alrededor. Para las mujeres, Colombia sigue siendo un infinito “malo si sí, malo si no”. ¿Cuando vamos a tomar responsabilidad?

@Catalinapordios

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