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Oscar Guardiola-Rivera 24 Abr 2013 - 8:35 am

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Oscar Guardiola-Rivera

Tras las explosiones en Boston por las que se ha responsabilizado a dos jóvenes que habrían hecho eco de la causa Chechena, apoyada por los EE.UU., en las redes sociales se discute de nuevo la política exterior basada en la idea según la cual “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”.

Por: Oscar Guardiola-Rivera

Es muy temprano para saber si en efecto los sucesos de la semana pasada en Boston son el resultado de una suerte de “efecto bumerán”, que devuelve al territorio estadounidense las consecuencias imprevistas de su política exterior. Tal discusión en nada justifica este tipo de acciones. Pero sí da que pensar.

La política del “enemigo de mi enemigo” es un residuo persistente de la Guerra Fría. Así, por ejemplo, los EE.UU. y sus aliados —entre los cuales se cuentan los poco democráticos Bahréin y Arabia Saudita— apoyan en Siria una oposición armada al gobierno de Bashar al Asad, considerado antidemocrático.

Se sospecha que dicha oposición, además de no tener mando unitario u orientación clara, contiene en su seno elementos de Al Qaeda.

Ayer, el comandante del ejército rebelde en Siria solicitó ayuda a las potencias occidentales para recuperar campos petrolíferos capturados por rebeldes asociados a Al Qaeda. Aunque los rebeldes han logrado sustraer buena parte de la infraestructura petrolífera siria de manos del gobierno de Al Asad, se piensa que en muchos casos es el grupo yihadista Jabhat al Nusrah el que está en control.
Al tiempo, los patrocinadores de la rebelión siria en la Unión Europea levantaron las sanciones existentes sobre las exportaciones petrolíferas provenientes de los campos “controlados” por los rebeldes.

El resultado es paradójico: la UE en alianza con los EE.UU. podría terminar financiando en forma indirecta futuros ataques de Al Qaeda en su territorio. En medio de tal oscuridad, lo único claro es que la política del “enemigo de mi enemigo” sólo produce paradojas.

Latinoamérica tiene suficiente experiencia en tal sentido. Durante los últimos cincuenta años, EE.UU. ha apoyado las dictaduras más brutales y los gobiernos más antidemocráticos y corruptos del continente, entre ellos la dictadura de Pinochet en Chile. Entonces, ese tipo de alianzas impías se justificaba como un mal necesario en la lucha contra el enemigo comunista.

Hoy, EE.UU. se apura a reconocer los resultados electorales en Paraguay. Poco importan el “golpe constitucional” contra el anterior presidente o que el actual presidente electo fuese acusado de narcotráfico, sea un homófobo declarado y cuente entre su grupo de asesores a un antiguo consejero del régimen chileno. En cambio, se niega a reconocer los de Venezuela. Ello en nombre de una lucha anticomunista que al parecer todo lo justifica, rediviva tras el final de la historia. 

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