Por: Catalina Uribe

Buena muerte

El pasado martes, el ministro de Salud firmó la reglamentación de la sentencia de la Corte Constitucional que ordena diseñar el camino para garantizar una muerte digna a los enfermos en Colombia que así lo requieran. La Iglesia católica y su variante pública, la Procuraduría, no se demoraron en pronunciarse al respecto.

El presidente de la Comisión de Vida de la Conferencia Episcopal de la Iglesia Católica, Juan Vicente Córdoba, afirmó que cerrarían todos sus hospitales antes de aplicar la eutanasia.

¿Alguien entiende el razonamiento? Se cierra un hospital (que ayuda a salvar vidas) con el fin de no dar una muerte digna. Es decir, se propone dejar a la deriva a aquellos pacientes que requieren atención médica (algunos seguramente con posibilidades de morir) con el objetivo de que otros, que así lo desean, no mueran. En esta ocasión, de nuevo, la ciencia y los seres humanos jugando a ser dios se encuentran en sus contradicciones.

La Iglesia, al oponerse a la buena muerte, está impidiendo que la vida siga su curso. Si dios existe y nuestra vida le pertenece, habría que pensar que tal vez en ciertos casos es esta fuerza superior quien nos reclama. ¿A qué juega la religión cuando le pide a la ciencia que prolongue la vida en condiciones que la más básica piedad impediría? A veces parecería que no es la ciencia la que juega a ser dios, sino la misma Iglesia.

En una de sus cartas a Lucilio, Séneca escribió: “Pero ya sabes que no debemos aferrarnos a la vida, pues la buena cosa no es vivir, sino vivir bien. Por esto el sabio no vivirá tanto como pueda, sino tanto como deba (…). Siempre piensa en la calidad, no en la cantidad de la vida (…). Morir más pronto o más tarde no tiene importancia: lo que sí la tiene es vivir bien o mal, y es, ciertamente, morir bien huir del peligro de vivir mal”.

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