Por: Nicolás Rodriguez

Buenaventura y sus verdades

COMO SIEMPRE OCURRE CON LOS aportes del Centro de Memoria Histórica lo primero que recogen la mayoría de medios cuando es presentado un nuevo informe son las cifras. Muchas veces hasta ahí llega la atención que se le presta al trabajo que realizan los investigadores.

El informe sobre el puerto de Buenaventura no podía ser la excepción. Las cifras duras están ahí, listas para ser usadas en titulares que le dan la vuelta al mundo. La lista de masacres, asesinatos, secuestros, torturas y desplazamientos es comparativamente alta hasta para Colombia. La tasa de homicidios por cada cien mil habitantes entre 1990 y 1998 fue de 47 en promedio y llegó a 165 en 2000. Una cifra récord (una más) que ilumina tanto como encandelilla. Además de todas las muertes que ha producido, el conflicto armado también es un cementerio de cifras.
 
Por fortuna el informe sobre Buenaventura tiene mucho más que cifras. O mejor: en el informe las cifras tienen una historia. Se sabe que después de que la guerrilla hizo presencia en el puerto llegaron los paras, como en tantas otras regiones del país. Lo nuevo es que su desmovilización nacional fue el inicio de otra guerra. Si hay una zona del país en la que la desmovilización fue una farsa y un rotundo fracaso, como quiera que la reincidencia fue enorme, esa parece ser Buenaventura. 
    
Ahora falta que nos apropiemos del informe más allá de sus impresionantes cifras. Con el informe ya hay, por ejemplo, una primera historia general que permite sacar de la espectacularidad temas puramente morbosos como el de las llamadas Casas de Pique. Estos lugares del terror surgen mientras los que negocian con los paramilitares se dan abrazos. Buenaventura es un escenario más de las lógicas raciales que tiene el posconflicto. En Buenaventura el posconflicto ha sido peor que el conflicto. Estas son, desde ya, algunas verdades para la futura Comisión de la Verdad.
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