Por: Aura Lucía Mera

Cadena de sueños

JEISON ARISTIZÁBAL, 33 AÑOS, PArálisis cerebral al nacer. Origen humilde. Destinado al no futuro y a jamás salir del cinturón de acero que jamás otorga oportunidades a los que carecen de medios económicos. Hijo legítimo del capitalismo y la globalización que cada día aumentan la brecha insalvable entre ricos y pobres. Entre la inmensa minoría que tiene todo y la extensa mayoría que no posee nada.

María Emilia Aristizábal Montoya, con 22 años y dos hijos, decidió dejar a su marido y no seguir soportando maltratos, infidelidades y humillaciones. No sabía que estaba embarazada. No tenía dónde vivir ni trabajo estable. Decidió abortar, pero algo se lo impidió. Se arriesgó a seguir adelante y no impedir la vida que se gestaba dentro de ella.

Parto complicado. Sin tiempo ni dinero para acudir a un hospital. Una vecina partera la ayudó. Nacía Jeison. Pero venía de pie y la comadrona no tenía experiencia. Jeison llegó al mundo con carencia de oxígeno.

Su historia la conocen muchos. Ha ganado premios y concursos. Con la ayuda y la fe inquebrantable de María Emilia, aprendió a caminar, logró ser aceptado en un colegio “normal”, se sometió a dolorosas operaciones, fue víctima de chistes crueles y bullying, pero siguió adelante, estudió derecho y se trazó la meta de ayudar a otros niños que, como él, habían nacido “diferentes” y sin recursos.

Su Fundación Asodisvalle la inició en el garaje estrecho de la casa de su mamá y su nuevo marido, que ha sido papá y ángel guardián. Actualmente, diez años después, la fundación atiende 500 niños diariamente, en dos jornadas educativas. Primaria. Dos años de bachillerato. Consultorios. Gimnasio. Salas de terapia respiratoria. Psicólogos. Biblioteca. Busetas para el transporte de los niños. Salón de conferencias para las familias.

En el mismo barrio donde nació. Muy cerca de su casa paterna. Con trabajo, esfuerzo, tenacidad y pasión ha logrado comprar cinco casas que están unidas por laberintos y rampas que, a medida que se recorren, el corazón late con más fuerza y la garganta se aprieta de emoción, al comprobar que sí es posible cumplir los sueños y que no hay obstáculos insalvables cuando se piensa en grande y la vocación de servicio y el amor son más fuertes que cualquier incapacidad o limitación.

Jeison Aristizábal. Un ejemplo de vida, de entrega, de pasión. Sus sueños siguen... Su sonrisa contagiosa y su amor por ayudar son el “ábrete sésamo” para seguir adelante. Para que aquellos niños marginados, maltratados, escondidos y destinados al olvido, la indiferencia y la pobreza extrema puedan desarrollar al máximo sus habilidades, conocer nuevos horizontes.

María Emilia, su mamá, escribió su testimonio. Jeison, vida sin barreras. Leerlo es permitir que el alma se incline ante el valor y la entereza de una mujer que no se dejó vencer por el desamor, la pobreza, la falta de oportunidades. Una mujer que no sólo logró sacar a Jeison adelante, sino terminar la carrera de pedagogía infantil.

Pienso en mujeres como ella. Jóvenes como Jeison. Si los colombianos entendiéramos que todos tenemos el derecho a las mismas oportunidades, nuestra historia sería diferente. Los lectores que quieran conocer más de cerca esta historia, se pueden dirigir a [email protected].

Posdata: abramos el corazón a la ternura. Dejemos el odio, la avaricia. Mirémonos como iguales, sin importar chequeras ni ideologías. Todos somos hermanos. Cuando existen el amor y el respeto, no existen estratos ni fronteras. María Emilia y Jeison: gracias por existir. ¡La discapacidad sólo existe en el corazón!

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