Por: Catalina Ruiz-Navarro

La caja de Pandora

Sé que muchos se levantaron ayer sintiendo que los esfuerzos coordinados de la ciudadanía en Colombia no le hacen ni un rasguño al enquistado sistema corrupto que parece ser el paradigma de nuestro país.

La plenaria de nueve horas fue un tortuoso desfile de senadores absolviéndose los unos a los otros en una orgía centenaria que les permitió votar, a 80 de ellos, por su nuevo patrón. A María Mercedes López no le aceptaron su renuncia. La candidata tuvo que sufrir el abandono del presidente Santos, cuyo discurso liberal y garantista de la Constitución hoy parece una trivial charla de coctel para agradar al auditorio. Gallo fue un cero a la izquierda. La Comisión de Ética no vio problema en que los congresistas investigados por la Procuraduría participaran en la votación. El Partido Liberal fue descarado al mostrarse como el lodazal amorfo sin principios ni escrúpulos que es desde hace rato, y los senadores, con el voto secreto, mostraron que no están ahí para representar a los ciudadanos, sino para conservar sus puestos. Finalmente, Ordóñez, en su discurso triunfal, nos recordó cínicamente que estuvo un año entero en campaña, y agradeció a Dios y a la Virgen por lo que había logrado el clientelismo, en abierto desdén por la moralidad institucional y el Estado laico.

Sin embargo, al igual que en el mito de la caja de Pandora, después de la nube de desgracias queda algo por qué alegrarse: la elección de procurador despertó a una ciudadanía que cree fielmente en los principios de la Constitución de 1991. Algunos nos involucramos porque crecimos con esta Constitución y no podemos aceptar que los apéndices jurásicos de la Carta del 86 estén encarnados en varios senadores, otros simplemente porque entendemos que el primer paso para un país menos violento es tener un país más respetuoso de la diversidad y garantista de los derechos humanos. La elección de procurador reunió a todas las esferas liberales y de pensamiento progresista de la sociedad civil en una causa común. Generó encuentros, fortaleció alianzas y perfiló una corriente ideológica en Colombia en torno al respeto por la Constitución.

Mantener este logro requiere compromiso y disciplina. Necesita una ciudadanía exigente con sus servidores públicos. Implica no rendirse por una sola derrota, no declarar a la primera decepción que “somos impotentes” y que el activismo, en todos sus escenarios: redes, calles y tribunales, “no sirve para nada”. Aunque falta afinar las estrategias para que tengan un impacto más efectivo en un rango demográfico más amplio, hay que recordar que la sociedad civil ha tenido varias victorias en 2012, como la caída de la reforma de justicia, las manifestaciones por el crimen de Rosa Elvira Cely y la tutela que 1.280 mujeres ganamos para que se respetara nuestro derecho a la información veraz y oportuna sobre nuestros derechos sexuales y reproductivos. Es apenas natural que otras batallas se pierdan, pero mejor que sea después de luchar hasta el final de manera limpia y diligente, y no por miedo, egoísmo o pereza. Los derrotados son quienes ni siquiera se atreven a dar la pelea.

Desde hace mucho rato y con frecuencia, dejamos al país en manos de otros, olvidamos que la responsabilidad es nuestra y en la desidia y el abandono crece la maleza. Somos nosotros los que si acaso salimos a las urnas para votar por presidente y los que rara vez tomamos en cuenta el voto por el Senado. Somos nosotros los responsables de que cada senador ocupe su curul y quienes tenemos el poder para que, en un futuro, quienes se sienten en el Congreso sean quienes realmente nos representan.

 

 

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