Por: Iván Mejía Álvarez

Calculadora en mano

El día en que la selección de Colombia debía ratificar con una victoria su viaje al Mundial, el día en que se debía mostrar la casta y la jerarquía, los jugadores reventaron un inmenso petardo en el estadio de San Cristóbal y dejaron embolatado el camino a Rusia 2018, obligando al aficionado a sacar calculadora, hacer cuentas y jugar a los pronósticos.

No se puede cambiar tanto en tan poco tiempo. Del magnífico partido contra Ecuador a este decepcionante y descolorido lance contra una Venezuela llena de juveniles, fogosa, presionante, que una vez más jugó como si fuera la final porque al frente estaba Colombia. Fueron dos equipos totalmente diferentes.

No fue un tema de actitud; fue de aptitud. Corrieron, forcejearon, entraron en el cuerpo a cuerpo, pegaron y no se intimidaron. Pero eso era, precisamente, lo que menos tenían que haber hecho. Era para jugarlo, pelota al piso, imponer las condiciones, demostrar que la selección hombre por hombre era más que su rival. A Colombia le faltó fútbol, secuencia de pases, volumen de juego, ideas tácticas claras, saber a qué se iba a jugar. Se dejó meter en el torbellino de golpes que propuso Venezuela, y así le fue. El bajonazo individual de casi todos los colombianos conspiró contra el juego colectivo y contra el resultado.

Alguno dirá, como Radamel Falcao, que se ganó un punto. Fue un puntico amargo, con sabor a derrota, porque se jugó muy mal y el equipo se difuminó luego del buen partido jugado en Quito. Los venezolanos siguen siendo rivales de mucho peso en su casa para un seleccionado que en la era Pékerman no ha encontrado la manera de ganarles.

El DT argentino sabe bien, lo ha aceptado, que se jugó muy mal y que para enfrentar a Brasil deben cambiar muchas cosas en el rendimiento y, fundamentalmente, en el acople colectivo. Brasil no es Venezuela, y si se juega tan mal, los auriverdes le darán un paseo a esta pálida e insípida selección del jueves pasado. Contra los brasileños los resultados tampoco han sido buenos, y generalmente los partidos derivan en batallas contra el bullanguero de Neymar, capaz de activar los peores sentimientos en futbolistas que no tienen esas características, pero que se sienten molestos por el show fanfarrón y provocador del brasileño. Sería un terrible error reducir el partido a pegarle a Neymar.

Seguramente vuelva James a la formación tras un mes en el dique seco. Su presencia no asegura que la mentalidad colectiva retorne, mientras Cuadrado siga empecinado en hacer regates estériles, Cardona se arrugue, los volantes corten juego, pero nunca entreguen la pelota y la defensa tenga tantos lapsos de inseguridad.

Cójanla con seriedad, muchachos, que Brasil los llena si no se aplican.

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