Por: Alfredo Molano Bravo

Desde La Calera

La calera es aún un municipio de Cundinamarca, pero Bogotá se lo traga a pasos agigantados. En muy pocos años pasó de ser una región donde se araba con yunta de bueyes para sembrar papa y trigo a una especie de pent-house urbanizado, un vividero exclusivo.

Los hijos de los viejos campesinos han vendido, otros se han arruinado. La carretera, que fue un simple camino de herradura ampliado hasta los años 70, es hoy una de las vías más transitadas del país, con uno de los peajes más costosos del mundo. Por 15 kilómetros se deben pagar $7.300. A lado y lado los edificios residenciales, los restaurantes, los rumbeaderos, los moteles, las droguerías y los supermercados se han robado las bermas. Cada semana hay un ciclista atropellado y cada mes uno muerto. Los peatones no tienen sitio ni lugar para caminar. El tránsito de automóviles particulares, buses, busetas, camiones, volquetas y tractomulas es permanente. Las urbanizaciones de áreas rurales, los colegios campestres, los edificios en el casco urbano de la cabecera —y aun en las veredas— han triplicado en una década la población del municipio. Los caminos veredales hacia Monserrate, el Treinta y Seis, Camino al Meta y el Triunfo son peligrosos por estrechos y mal conservados. La Gobernación de Cundinamarca nada hace, nada dice; no existe. Entre el peaje de Patios y Bogotá se pueden gastar tres cuartos de una hora en escasos seis kilómetros. La fila de vehículos se mueve como una oruga reumática. Toda la vía tiene doble raya amarilla, lo cual significa que detrás de un camión de Coca-Cola con agua que se saca de una de las veredas o de una tractomula con materiales para Cemex, que tiene una fábrica en otra vereda, el tiempo de recorrido y la longitud de la fila se duplican. A veces la Policía instala un retén que contribuye a los trancones. La situación es de tal magnitud, que un vivo de esos que nos dejó el Uribato ha construido una carretera particular entre el pueblo y la carrera séptima arrasando el bosque de páramo y facilitando la erosión porque, a decir verdad, las administraciones municipales tienen más interés en los impuestos que en la conservación del medio ambiente. En la calle 84 con carrera séptima hay un semáforo que crea un trancón infernal en las horas pico; un nudo que afecta toda la circulación desde la Avenida Chile hasta la calle 100 y desde la Avenida Circunvalar hasta la carrera 15 y hace espasmódica la movilidad. La carretera bota cientos de vehículos a una red vial angosta y de por sí congestionada.

Nunca se ve un agente ayudando a que, como diría el intrépido general Palomino, el tránsito fluya. Nada. Puro semáforo.

La única solución racional y urgente es abrir otro acceso a la carrera séptima, y el único lugar posible para hacerlo es en la carrera tercera con calle 93. Frente al restaurante Tramonti, o frente a un recinto residencial ilícito llamado Taurus*, se puede construir un distribuidor de tránsito que comunique la carretera a La Calera con la carrera séptima un poco antes del Seminario Mayor. Sin duda, los residentes en este aristocrático sector de la capital, llamado Altos del Chicó, se opondrán con toda la fuerza de sus influencias políticas a que el interés público se imponga sobre el privado. Para permitir que la zona se descongestione, la idea sería abrir un boquete al cinturón de exclusividad que construyeron. Así, la gente que viene de La Calera y va hacia el norte y la que viene del norte y va para La Calera podría llegar a donde va, y el tránsito por la séptima, en esa tormentosa hora de circulación en un solo sentido, se agilizaría. No es equitativo que los residentes de Altos del Chicó se enconchen en su barrio mientras miles de personas sufren el desgaste en el enloquecedor laberinto.

 

* *Véase en Google Earth satélite la cantidad de edificaciones construidas –con o sin licencia– en un bosque natural.

 

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