Por: Ignacio Zuleta

¡Cállate, loca!

La que llamamos mente es una tía solterona loca que nos acosa todo el tiempo en el oído: nos enrostra el error de ayer, nos organiza la compra de la leche de mañana, nos recuerda obsesivamente el pago del predial y se entromete en nuestros asuntos emocionales sin pudor.

Esa tía parlanchina no descansa ni de noche ni de día y se complace en cotorrear incoherencias. En Colombia la llamamos pensadera o nervios, y todo el mundo tiene que lidiar con ellos. Pero casi nadie sabe cómo.

La mente, que es por naturaleza charlatana, se exacerba al punto de desquiciarnos cuando hay además ciertos factores externos o internos. La actividad de la mente tiene un sustrato en el sistema nervioso y en el cerebro; así todo estímulo externo como el ruido, las impalpables ondas electromagnéticas, las noticias, las agresiones del entorno, la televisión, el radio, etc., incrementan la cháchara mental. Y hay factores internos como la memoria de eventos difíciles o violentos, la velocidad y la presión subjetiva del tiempo, las frustraciones que produce la sociedad de consumo y, sobre todo, identificar de manera errónea la mente con el ser, irritan a la loca, que se vuelve rabiosa.

Una loca frenética, si además está hacinada entre un apartamento y privada de naturaleza, produce estrés agudo y, por consiguiente, enfermedades psicosomáticas como colon irritable, tensión alta, migrañas, diabetes, disfunción cardíaca, depresión o insomnio. Cuando la mente está fuera de control, hay una permanente ansiedad y no hay un minuto de paz. Lo que además explica en gran parte por qué nos agredimos.

La solución que propone la medicina convencional son los fármacos. El yoga y otras filosofías lidian con el estrés de manera diferente. Por un lado, como la mente y el cuerpo son una unidad de doble vía, (la medicina china, tan sabia, habla del corazón como la morada de los pensamientos, sensaciones y emociones), las rutinas que relajan los músculos, las técnicas que enseñan a respirar o los cambios en los hábitos nocivos tienen un efecto calmante inmediato. Por el otro, desde la mente hacia el cuerpo, aprender a relajarse y a meditar, tener una filosofía de simplicidad voluntaria, trabajar sin importar los resultados, aprender a no identificarse con la loca como si sus gritos fueran órdenes y cultivar la fe y el silencio calman el cuerpo, reducen las tensiones y se logran momentos de paz nerviosa y paz mental. Al respecto de cultivar la fe, que parece políticamente incorrecto hoy en día, transcribo un aparte del libro del psicólogo William James, cuando al hablar de las variedades de la experiencia religiosa dice. “¿Cómo puede (el sentido de seguridad que proporciona la fe) dejar de estabilizar los nervios, calmar la fiebre y apaciguar las preocupaciones... si nuestra vida como un todo está salvaguardada por un poder en el que podemos confiar de manera absoluta?”.

Aplacar a la loca está así en nuestras manos, con herramientas que existen y que no tienen efectos secundarios.

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