Por: Columna del lector

Cambiar para movernos

Por Sandra Beatriz Sánchez López

Los tiempos que habitamos llegaron luego de una intensa historia de luchas no sólo públicas sino íntimas por defender un lugar para las mujeres en los ámbitos socioeconómico y político de nuestras sociedades contemporáneas. Aunque con menor agitación que en otros lugares como los Estados Unidos e Inglaterra y, en Latinoamérica, Uruguay y República Dominicana, Colombia también dio esas batallas por la visibilización de las mujeres, iniciando en el siglo XIX, pero especialmente desde los años 30 del XX. Pasaron, pues, las décadas y la vida de las mujeres se estima ahora como instancia en progreso. Tanto mejor parece todo que ellas mismas sienten el declive de las ataduras a patrones fijos de comportamiento y se arrojan a expresiones muy variadas de subjetividades femeninas, por ejemplo.

Pero hay complicaciones. Están, por una parte, las que las estudiosas de la condición de las mujeres nos han mostrado durante años: las cuestiones de género se intersectan con las de otros elementos de definición social, la clase y la raza siendo dos muy importantes, y que modifican la experiencia vital de las mujeres, una a una, grupo a grupo. Con ello, la vida de todas las mujeres no es mejor; tampoco todas las mujeres con prerrogativas de clase y raza tienen una buena vida como mujeres; ni todas las mujeres sin esos privilegios viven mal. Ser mujer pasa, entonces, en una malla intricada de rasgos políticos rutinarios que modifican esa condición de ser mujer aquí y allá, a veces atenuando el aspecto de género para dar paso a otro más.

La otra complicación está en el hecho de que a pesar de reconocerse los cruces con otros elementos de definición social que relativizan el bienestar o malestar de todas mujeres como un grupo homogéneo, la vida de las mujeres sí tiene por lo menos algunos sentidos compartidos. Por eso, cualquier mujer conoce el grado de vulnerabilidad de una habitante de la calle que menstrúa dejando que la sangre de esos días se adhiera a su ropa. Sabe que ello es exponer las funciones físicas más básicas de una mujer en la escena urbana, además en un mundo y un tiempo donde el pudor de la sangre de la menstruación sí se nos ha enseñado por tener úteros y vaginas, y sólo por ello.

Ser mujer no es lo único que se es cuando se es mujer, pero sí una parte importante de la existencia de las mujeres, y por eso, aún hoy, como en ese pasado no muy lejano de luchas por defenderlas, podemos considerar la necesidad de cultivar una reflexión y acción donde ellas sean el centro. El asunto es cómo hacerlo. En efecto, hay muchos detractores, para quienes murieron los problemas de patriarcado que dieron pié a un feminismo que hoy sería trasnochado. Frente a esto, la exigencia sería un cambio drástico de todos alrededor del tema de las mujeres: los militantes de género podrían abandonar su dogmatismo en el lenguaje para entrar a dialogar, sobre todo ejerciendo una comunicación afable que le permita a sus disidentes comprender mejor sus opiniones; los que se ven como vanguardistas en su desdén por el feminismo y se convencen así de su inutilidad podrían afinar su conciencia histórica para observar que su posición es viable únicamente porque el proceso de crítica de género que comenzó en el pasado la soporta. Por igual, militantes y detractores tendrían que dejar atrás su anhelo de victoria, abandonar sus líneas de intolerancia —la vehemencia combativa de los primeros y la desidia excesiva de los últimos— para mover el tema de las mujeres a un lugar menos polarizado y, entonces, más fructífero en la práctica.

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