Por: Cristina de la Torre

Candidatos al agua

Se sacude nuestra precaria democracia: el horizonte de paz y su agenda de discusión en La Habana, y la borrascosa búsqueda de lo público en el gobierno de Bogotá, empiezan a devolverle a la política la fuerza de ideologías que aterrizan como propuestas diferenciadas de partidos. Este destape de intereses encontrados ablanda el tic de la manguala que nos legó el Frente Nacional y presiona un reordenamiento de fuerzas, no ya apenas en función de las elecciones que se avecinan sino en perspectiva estratégica. Enhorabuena.

El reformismo de Santos defraudó; pero este presidente podría dejar dos monumentos para la historia: la paz y la restitución de tierras. Tras la brecha que separa a Uribe de Santos palpita la disyuntiva entre guerra y paz; ésta obra también en los prosélitos de ambos bandos y en la izquierda democrática. No sólo por su arrastre electoral en la coyuntura sino por las implicaciones de largo plazo que traerá en el posconflicto. En particular para el campo, escenario de la guerra y edén del uribismo duro. Un rápido paneo destaca aspirantes que se han lanzado al agua. Santos, el primero, cifra su reelección en la desactivación del conflicto armado. Por contrapartida, el uribismo foguea candidatos adversos al proceso de paz y, en la otra orilla de la oposición, la izquierda democrática se la juega ahora con Navarro Wolff.

José Félix Lafaurie, príncipe del feudalismo irredento que en Córdoba por ejemplo fue amigo de paramilitares, se proclama guardián de sus heredades, descalifica las conversaciones de paz y anuncia que va, con Uribe, por el poder. Miles de organizaciones agrarias piden los cambios que nunca fueron, y las Farc terminan por allanarse a su añosa bandera de lucha contra el latifundio improductivo y por reclamar revisión de los TLC. Ya se habla de refrendación popular de los acuerdos de paz.

Adminículo del procurador, Miguel Gómez desbroza el camino hacia la destitución de Petro que acaso Ordóñez prepare en abuso insólito de poder. Figura incontrastable de la derecha restaurada desde hace diez años, sabe Ordóñez que inhabilitar a Petro será remover un obstáculo enojoso en su carrera hacia la presidencia y lo cubrirá de gloria en la Colombia más conservadora. El resto será obra de su probada habilidad para reinar corrompiendo, y de su amenaza de “vigilar” el proceso de paz.

Antonio Navarro llega al relevo de un Petro que enfrenta la reacción mancomunada de la derecha y sus carteles de contratistas y que se precipita por la pendiente de sus propios errores. Miembro del trípode que selló la Constitución del 91, encarnación de guerrillas lealmente reintegradas a la legalidad, primer gobernador del país cuando lo fuera de Nariño, Navarro es la cara “civilizada” de una izquierda que madura a golpes. Y se perfila ahora como frente amplio de centro-izquierda, al modo del uruguayo, que registra ya dos presidentes en ese país. Respuesta al neoliberalismo, se propone este movimiento luchar contra la desigualdad, por la prevalencia de lo público, por una política económica sensata que revise los tratados de libre comercio, pues la revaluación termina postrando la industria y la agricultura y nos convierte en país importador. Este gobierno —dice— no combate la desigualdad. Prueba, la reforma tributaria que fue incapaz de gravar a los ricos, pues finalmente “Santos es un oligarca”.

De momento, Santos por la coalición en el poder disminuida, Lafaurie u Ordóñez por el uribismo y Navarro por el Frente Amplio se disputarán la presidencia. Y tres titanes —según Semana— se enfrentarán en el Congreso: Álvaro Uribe, Germán Vargas y Jorge Enrique Robledo. Votemos porque todos puedan exteriorizar sus diferencias sin morir en el intento. Que es la hora de cambiar balas por votos.

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