Por: Piedad Bonnett

La cárcel como síntoma

En abril de 2006 la Unión Europea y la Oficina en Colombia del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos publicaron un escalofriante testimonio con el título Desde la prisión, Realidades de las cárceles en Colombia, ilustrado con las fotografías de Jesús Abad Colorado.

En ellas vemos centenares de presos durmiendo en montonera sobre el cemento de los corredores, cuerpos llenos de excoriaciones e infecciones causadas por la presencia de ratas y otras plagas, letreros ignominiosos en las puertas cerradas de los servicios médicos, como uno que anuncia que no hay citas para 26 especialidades y otro que solicita no insistir en urgencias por antibióticos, y evidencias de la poca higiene de la comida que se da a los reclusos. Los testimonios escritos son aterradores: pacientes graves que solo reciben analgésicos, enfermos mentales sin tratamiento, clases que se dan sin que haya siquiera papel y lápiz y ni siquiera espacio para sentarse, y unos niveles altísimos de ocio, de violencia y de discriminación interna. Escalofriante, y muy en consecuencia con la frase con la que muchos expresan su idea de lo que debe pasar con un delincuente: “ojalá que se pudra en la cárcel”.

Seis años después todo sigue idéntico: a raíz del sangriento enfrentamiento reciente en la cárcel Bellavista de Medellín, supimos que esta alberga 8.000 presos en un espacio en el que caben dos mil quinientos. Y el periodista Walter Arias, en una crónica sobre el caso, nos recordó que ya en 1997 la Corte había señalado, refiriéndose a Bellavista y la Modelo: “las condiciones de albergue de los internos son motivo de vergüenza para un Estado que proclama su respeto por los derechos de las personas y su compromiso con los marginados”. Son quince años —en realidad muchos más— de violación de los derechos de la población carcelaria. ¿Qué nos puede hacer pensar que dentro de quince años la situación será distinta?

La prensa de las últimas semanas recogió muchas reflexiones sobre las medidas que se deben tomar. Pero muy poco se ha planteado sobre el sentido del castigo y la cárcel, algo que a menudo damos por sentado. Oscar Wilde, que opinaba que la civilización ha fracasado en obtener la enmienda de los criminales, escribió: “La sociedad se atribuye el derecho de infligir atroces castigos al individuo; pero también adolece del vicio supremo de la frivolidad y no se da cuenta de lo que hace. Cuando el hombre cumple su condena lo abandona a sí mismo; en otras palabras, lo abandona en el preciso instante en que comienza su principal deber hacia él”. Pone así el dedo en la llaga: muestra cómo el mundo de los “limpios” margina a los que considera la escoria, se deshace de ellos, olvidándose de que la verdadera función de la cárcel tendría que ser la de la resocialización. Y es que cuando la sociedad trata de forma humillante e inhumana a sus delincuentes —sobre todo a los más pobres, a los que esa misma sociedad ha criado entre el barro— desperdicia una oportunidad única de permitirles recuperarse. Si dentro de lo que hoy son antros y escuelas del crimen, al lado de la disciplina y la severidad se pudiera brindar salud, oportunidades de crear y desarrollar destrezas, y facilidades para estudiar o hacer deporte, una buena parte de los reclusos seguramente pensaría en darse una segunda oportunidad. Pero la realidad está a millones de años luz de este sueño. No hay esperanza, y esto por otra razón: un país tiene las cárceles que se merece. Lo resumió muy bien Nelson Mandela, en una frase que encontramos a manera de epígrafe en el libro mencionado: “Para saber realmente cómo es una nación hay que conocer sus cárceles, pues una sociedad no debe ser juzgada por el modo en que trata a sus ciudadanos de más alto rango, sino por la manera en la que trata a los de más abajo”.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Piedad Bonnett