Por: Alfredo Molano Bravo

Carta de un amigo

Amsterdam, febrero de 2017

Estimado Alfredo:

En tu tierra –pero también en otras partes– me preguntan por qué en el escudo de los Países Bajos hay tres leones con flechas en las garras, dado que los leones no tienen nada que ver con nuestro país y menos con leones que lanzan flechas. Es difícil de explicar. Tan difícil como explicar racionalmente por qué los holandeses se oponen ferozmente a las corridas de toros, puesto que no las hay en los Países Bajos y nunca las hubo.

En columnas de El Colombiano y de El Espectador se ha dicho que el movimiento antitaurino ha sido impulsado con platas provenientes de varios países, entre ellos Holanda, quizá no directamente de los Estados. Creo que es cierto. Mas aún, las donaciones no han sido ineficaces tal como se vio el domingo 22 de enero cuando los antitaurinos organizaron un acto violento contra los aficionados que iban a la plaza de Santamaría. Se dice –y tú mismo lo viste– que hubo varios heridos a piedra y casi todos fueron agredidos de palabra cuando les gritaron: “¡Asesinos, asesinos!”

Obviamente yo entiendo –y apoyo– toda protesta contra la violación de los Derechos Humanos, porque ellos son fundamento de la civilización. Pero oponerse a un espectáculo de otra cultura, de un país tan lejano para Holanda como Colombia, me parece inapropiado y hasta imperialista. Prohibir que una minoría realice un rito tradicional a puerta cerrada –como es una plaza de toros– y que además a nadie perjudica es una imposición autoritaria que no respeta el principio básico de la democracia, que es la Libertad. Sólo en caso de que una corrida violara el orden social o moral justificaría tal represión, lo que no sucede en los casos de las corridas de toros, ni del coleo, ni de las riñas de gallos. Una mayoría, por ignorancia, por autosuficiencia o por tener otros gustos, no puede liquidar una minoría porque el día de mañana esa medida se usará para otras prohibiciones de otras luchas sociales.

Antes de explicar lo que significa la corrida de toros para mí, quiero aclarar que yo estoy contra el maltrato de animales (aunque como carne semanalmente); también contra su sufrimiento innecesario (aunque he esterilizado a mi perra y a mi gata y capado a mi caballo) y suelo entrar del lado de la oposición. Generalmente simpatizo con los que critican y protestan contra prácticas establecidas, tradiciones elitistas y normas y valores convencionales. Es una actitud profundamente arraigada en mi alma. Reconozco como noble la furia del toro, su fuerza, su brutalidad, su masculinidad, su coraje. Cuando el toro sale al ruedo envuelto en un polvero, transmitiendo una ola de escalofrío por los tendidos, siento una resonancia en mi pecho que me deja perplejo y me produce un enorme y profundo respeto por la creación. Al mismo tiempo sé que esta fuerza requiere, necesita y apela a una contrafuerza, a algo que la contrarresta, algo que la justifica y algo que le da su razón de ser: el toreo. Cuando el torero cita al toro con su capote como con una falda, dejando ver su fragilidad ante los cuernos de un animal salvaje que pesa diez veces más el hombre; que pone su elegancia femenina frente a la fuerza, su inteligencia frente al instinto, siento que una cuerda misteriosa y secreta es templada y produce al soltarse, cuando el toro pasa, una felicidad interior y espiritual difícil de explicar. Sucede con cualquier sentimiento. Las fuerzas que se encuentran en la arena son arquetípicas en mi persona, son fuerzas que me mueven, me estrujan y me dirigen. Son las fuerzas que parecen dar sentido a la vida: si uno tiene demasiadas fuerzas, como las tiene el toro, uno se golpea en el redondo como una idiota. Si uno tiene demasiado de torero, nunca logra nada por falta de impulso. Sólo juntos toro y torero constituyen el equilibrio de la vida. No quiero decir que las corridas de toros dan sentido a mi vida, sólo que ellas la simbolizan y hasta le dan sentido. La fiesta brava es el juego entre estas dos fuerzas y no tiene nada que ver con una pelea entre iguales para ver quién gana. Es obvio que la fuerza bruta del toro pierde frente a la inteligencia del torero. Así pasa en la vida.

 Subrayo que estoy contra la idea de la supremacía absoluta del ser humano sobre la creación, estoy contra el maltrato y el sufrimiento de animales. Es claro que el toro siente dolor durante la faena. Pero, justamente a pesar del dolor, el toro va con todo lo que tiene a la cita con el torero. Sin dejarse vencer por el dolor, el toro muestra su verdadero carácter: coraje, valor, nobleza, casta. En la pelea el toro parece actuar plenamente según su propia naturaleza, peleando al macho alfa de la manada, a pesar de tener el 90 % de chance de perder la lucha (y perder la compañía de diez hembras). Pero el dolor no es el sufrimiento. El público, aceptando el dolor, no goza con él para nada. Si acaso las cosas andan mal en el sacrificio y si parece que el toro sufre mucho, la gente siempre muestra su rechazo.

Compara la vida orgullosa de los toros de casta, sus cuatro años en el paraíso completo y una muerte gloriosa, con la vida humillante de los millones de animales que son criados encajonados, que son transportados apretados, que son espantados para meterse en las colas de muerte y que son electrocutados y desangrados vivos. Los primeros nunca sufren, pero sí tienen dolor al final de su vida; los segundos sufren toda su vida, pero tienen poco dolor al final. Entiendo a las personas que no quieren ver el origen de su consumo de carne y a las que no pueden ni quieren ver animales con dolor. Respeto mucho a los vegetarianos que no quieren matar animales grandes. Pero es difícil entender a aquellas personas que quieren imponerse sobre las personas que sí quieren vivir la experiencia de esta tradición existencial.

Tu amigo de siempre,

Arno Ambrosius 

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