Por: Julio César Londoño

‘La carta robada’, Alá y el punto G

Leo en El Espectador que el punto G puede desaparecer del alfabeto erótico.

Claro que algunos sexólogos insisten en que se trata de una zona del tamaño de una lenteja y dotada de una sensibilidad tal que al ser rozada por un objeto externo (natural o plástico, amoroso o mercenario) se desencadena “una tempestad de placer casi doloroso”.

Como no hay muchos registros de tales tempestades, los sexólogos deducen que el punto G debe estar localizado en las profundidades de la caverna vaginal; y que se requiere buena dotación para alcanzarlo, digamos una talla H o mayor; y que los demás, los fieles de la tierna creencia en que el tamaño no importa, deben resignarse a producir tan sólo hormigueos de intensidad francamente conyugal.

Otros piensan que el punto G existe pero está un poco más allá, quizá en el vecindario, y todo por ese maldito error de diseño que puso el erotismo en la calle y en el hogar apenas el cariño. Una chambonada, viejo.

Lo cierto es que un estudio publicado en el Journal of Sexual Medicine concluye, después de analizar muchas biopsias de tejidos recónditos, cientos de artículos científicos de los últimos sesenta años y miles de entrevistas a señoras competentes y caballeros de color, que el famoso punto no existe, que es otro mito como el de las amazonas (así llamadas porque eran fogosas y nonas).

El punto G, pues, está llamado a terminar en el baúl de las entelequias afrodisiacas, junto con las ostras, el polvillo de cuerno de rinoceronte y el guiso de güebas de toro. A no ser que otra investigación más aguda lo atrape mañana en cierto vértice de la cuadratura del círculo, caldeado por el flogisto y flotando en el éter de una pasión solitaria y otoñal.

Con todo, algunos investigadores creen que el punto G sí existe y que no lo hemos descubierto porque ha estado siempre en nuestras narices, como La carta robada de Poe. Es el clítoris, estúpidos, ese pite gocetas que debe su hipersensibilidad a los corpúsculos de Meissner, unos receptores nerviosos apiñados en cápsulas en forma de huevo entre la dermis y la epidermis. En el cuerpo humano hay unos 36 mil corpúsculos por cada centímetro cuadrado de piel lampiña: las palmas de las manos, las plantas de los pies, el clítoris, el pene, los pezones y la lengua. Son una especie de puntitos G y su divisa es: ¡donde hay goce, ahí estamos!

Como tantos otros en la historia de la ciencia, el descubrimiento del clítoris también fue obra del azar. Se produjo ayer nomás, en el siglo XVI, un día que Mateo Colón, músico, médico y astrólogo, examinaba con esmero los genitales de una dama de la corte del duque de Venecia, “una señora muy pálida y decaída hasta que los estímulos de las manos del médico, en cuyos dedos latían al tiempo la precisión del cirujano y la agilidad del pianista, le devolvieron como por ensalmo los colores a su rostro y la animación a su espléndido cuerpo” (Federico Andahazi, El anatomista).

Es paradójico que mientras la especie cuenta ya 160.000 años de aplicada lujuria, el clítoris sólo tenga cinco siglos. Es increíble que, a pesar de estar situado en un lugar prominente del vértice goloso del género parlanchín, semejante personaje haya pasado inadvertido para miles de millones de bípedos rijosos durante billones y billones de coitos. ¡Joder! La tardanza de este descubrimiento prueba, al tiempo, la morronguera de las señoras, la torpeza de los señores, la miopía de los médicos y la vigencia de la tesis de Poe: el mejor método para esconder algo es no esconderlo.

La verdad, a mí, paria talla B, la noticia de que no existe el famoso punto, o que existe y está al alcance de mis cortas posibilidades, me causa un alivio infinito. ¡Alá es glande!

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