Por: Aura Lucía Mera

Cartagena: dos ciudades

Una ciudad mágica como pocas. Basta caminar el centro, abrazado por balcones coloniales, enredaderas de colores y el repicar de cascos de caballos, o saludar el amanecer caminando sus playas.

Esa es la Cartagena que conocemos quienes vamos de visita, la Cartagena de los turistas. Y a decir verdad, la de muchos cartageneros raizales que viven a espaldas de la realidad de su ciudad, como también ocurre en otras ciudades de burbujas ficticias. Lejos de la marginalidad y la pobreza.

Allá, detrás del memorable castillo de San Felipe, de las empinadas faldas de La Popa está la otra Cartagena. La real. Allá, en el Nelson Mandela, El Pozón, La Boquilla, Arroz Barato, La María o el mercado de Bazurto, está la Cartagena de verdad.

La de los seres humanos buenos y cálidos, la de los niños que madrugan a diario para ir a una escuela pública, la de taxistas sonrientes, la de las vendedoras de frutas en las playas, que derivan su sustento diario del turismo, pero que en realidad viven atrapados en la pobreza, atados a un yugo limitante, de libertad restringida.

Y digo de seres humanos buenos y cálidos, porque sorprende, entre otras, que en medio de semejantes contrastes Cartagena sea una de las ciudades con menos criminalidad de Colombia. El 7% ha sido víctima de delitos graves, mientras el promedio nacional es del 20%. Mucho más inseguras Cali, Bogotá, Medellín y Barranquilla.

La región Caribe ha sido, en general, una tierra tranquila y de gente pacífica. “Aquí no somos malucos...”, dice sonriente un taxista. Pese a la irrupción del paramilitarismo en algunas zonas, siempre se ha caracterizado por sus bajos niveles de violencia. En medio de semejante pobreza y marginalidad, esta realidad habla muy bien de los costeños, pues podrían ser los más rebotados de todos, y con justa razón.

Esa es la Cartagena que recoge Dionisio Vélez, su nuevo alcalde. Me dicen que viene del sector educativo y que es un tipo honesto. Ojalá sea cierto. La ciudad no aguanta más torcidos ni improvisaciones, lo que explica en parte tanta pobreza e inequidad pese a la riqueza propia y ajena que le llega.

Este nuevo alcalde genera optimismo. Además coincide con un gobierno nacional comprometido con Cartagena. El anuncio del presidente sobre la recuperación del canal del Dique permitirá proteger la bahía, las playas y los arrecifes coralinos. Además de otras inversiones claves que superan el billón de pesos.

Dos años son poco para lo que necesita Cartagena. Se viene un año político y no faltarán politiqueros de baja estofa que quieran reemplazarlo. De ahí la importancia de rodear al alcalde, para que se logre recuperar la confianza y se comience, en serio, a reducir esa brecha vergonzosa entre ricos y pobres. Los problemas de Cartagena requieren una seguidilla de buenos gobernantes, como lo requiere Cali después de Guerrero. De lo contrario seguirá siendo una ciudad mágica para los ricos, los cachacos, los turistas, mientras la mayoría de su población sigue sumida en la miseria y la desesperanza, perpetuamente, como una maldición del vestigio colonial.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Aura Lucía Mera