Por: Cartas de los lectores

Cartas de los lectores

El sábado 13 de octubre, mi señora, mi cuñada, su esposo y yo salimos de una finca cerca de La Vega (Cundinamarca) a dar un paseo en bicicleta. Eran cerca de las 11 a.m.

Íbamos a dar una vuelta corta. Bajar desde el desvío hacia Nocaima hasta el peaje El Caiquero para, después de más o menos 45 minutos, regresar a pasar la tarde con nuestros pequeños hijos.

Mi señora y su cuñado salieron adelante y mi cuñada y yo un poco más lento, pues ella no es ciclista. Como a los cinco minutos ella empezó a tomar un poco más de velocidad. Me hice a su lado para pedirle que bajara el ritmo. Perdió el control y los dos caímos.

En un instante, nuestra vida cambió. Corrí a ayudar a Paola, pues seguía acostada sobre el pavimento caliente de la vía Bogotá-Medellín. Me encontré con una imagen terrible. Ella totalmente inconsciente, con mucha sangre, y yo. Solos. Tan cerca de Bogotá, pero tan lejos de la seguridad de un hospital. Tan cerca de la finca, pero tan lejos de volver a nuestro hogar a estar con nuestros hijos. Ella y yo solos. O eso creía yo. De pronto empecé a ver a la gente bajarse de sus carros. A esas personas que, igual que nosotros, iban a pasar el puente con sus familias y amigos. Empezaron a acercarse y a ofrecer su ayuda. A esos ángeles de la carretera, a esas personas a quienes hoy considero mis amigos —no sé quiénes son, no sé dónde encontrarlos, pero ahí están, son colombianos, padres o madres, hermanos, hijos y amigos, como cualquiera de nosotros—, a todos ustedes que mostraron una solidaridad inigualable, quiero poder abrazarlos y darles las gracias. Ese día ayudaron a salvar dos vidas, dos hijos, dos padres, dos hermanos y dos amigos. Quiero darles las gracias a todos los colombianos que un día cualquiera ven un accidente en la carretera y paran a ofrecer su ayuda.

La vida nos cambia todos los días por actos que ni siquiera sabemos que nos puedan afectar. Esa mañana salimos a hacer un poco de sano ejercicio, a pasar un rato en familia con la idea de regresar para preparar un buen almuerzo acompañando al resto de la familia. Algo que muchos de nosotros tenemos el privilegio de hacer de vez en cuando, un fin de semana como cualquier otro. 

Pero no; este fue diferente. He estado pensando en la mejor forma de agradecerles a todas esas personas que nos ayudaron desinteresadamente desde las 11:05 a.m. del sábado 13 de octubre hasta hoy. Ese pequeño gesto de solidaridad pero gran gesto de humanidad, hace la diferencia entre la vida y la muerte. Entre tres niños huérfanos y una familia completa que le da gracias a Dios por una segunda oportunidad.

Paola sufrió una gravísima fractura de cráneo, pasó casi tres semanas en coma en la unidad de cuidados intensivos luchando por su vida. Después de una serie de milagros, ella volvió a su casa. Todo gracias a gente común y corriente que sin pensarlo nos ayudó. Gracias, gracias, gracias. 

Rafael Pardo S. Bogotá.

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