Por: Cartas de los lectores

Cartas de los lectores

En la columna de Roberto Esguerra Gutiérrez del 15 de julio de 2013, titulada “Maldita corrupción”, el columnista se declara con toda razón abrumado por el cáncer —término médico— que está atacando como esa nefasta enfermedad orgánica a nuestra sociedad. Cubre todos los campos, no solamente de la salud, sino de todas las áreas donde detectamos corrupción, una enfermedad similarmente mortal.

El cáncer en los organismos animales es una enfermedad mortal, es cierto, pero si se detecta a tiempo y se trata radicalmente, es susceptible de curación.

La columnista María Elvira Bonilla en la misma edición, citando a Guillermo Hoyos en su columna “Perdonar lo imperdonable”, escribe sobre el tema de la impunidad, el cual es asunto de justicia, no como equidad, sino como castigo, traducida en años de cárcel y la cultura del perdón como una virtud cívica y añade citando a Hoyos que la cultura del perdón debe entenderse como tal y no religiosa y que debiéramos los colombianos preguntarnos qué tan alta tenemos la virtud cívica de la cultura del perdón. Pero es que nuestra sociedad está afectada por una enfermedad peor que el cáncer, la corrupción, pues no fue detectada a tiempo y si lo fue, se dejó avanzar sin ninguna medida agresivamente curativa que la aniquilara, sino paliativa, y por lo tanto ha avanzado a este nivel casi fatal.

No se usó estricta vigilancia, no se nombró gente proba e incorruptible en los sitios susceptibles de su aparición y desarrollo, tales como los procesos de adjudicación y firma de contratos de obras públicas, recaudación de impuestos, vigilancia de aduanas, por donde entra el contrabando. Sabemos desde tiempos inmemoriales que en nuestro idioma coloquial el termino comisión significaba el 10 % del contrato fraudulentamente adjudicado, bien sea oficial o particular.

Corrupción por una parte e impunidad por la otra se complementan y este es el cuadro nefasto que a diario vivimos, como se puede constatar en la prensa y otros medios de comunicación. Con el adjetivo calificativo de “presunto” se ayuda a la corrupción. Por ejemplo, en tiempos del “Patrón del mal”, era risible ese adjetivo hasta cuando don Guillermo Cano llamó las cosas por su nombre y aun hoy lo sigue siendo, hay titulares como el que aparece en su diario: “Se investiga presunto soborno en el caso Londoño” y aparece aun en casos más que comprobados. Los casos judiciales se dilatan por leguleyadas, se deja libres a los corruptos por falta de pruebas o por expiración de términos, se declara casa por cárcel y por ello no hay ni habrá limite a los casos de corrupción y cuyos hallados culpables piden perdón de labios para afuera porque saben que somos capaces de perdonar lo imperdonable.

Héctor Chamorro. Bogotá.

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