Por: Cartas de los lectores

Cartas de los lectores

La protesta social escenificada a lo largo y ancho del país durante varios aciagos días de tensión nacional movilizó a cientos y miles de campesinos que, indignados ante el incumplimiento de los anteriores acuerdos y la indiferencia del Estado, protagonizaron el justo “paro agrario” de mayor repercusión y noticia en la historia reciente de Colombia.

Mientras el Gobierno del presidente Juan Manuel Santos, en alocución desafortunada y provocadora, lo desestimó, el movimiento campesino, aglutinado en los cebolleros, paperos y lecheros de los sectores productivos del país, fue creciendo en audiencia y razones para buscar la manera de ser oído y ver resueltas sus legítimas reclamaciones, acudiendo a las vías de hecho: bloqueos de las vías y marchas. Para presionar las prontas soluciones, que a pesar de todo todavía están a la vista y sin una respuesta real y de fondo.

Es paradójico, entonces, que un gobierno que hace esfuerzos por la paz deba heredar la inminente responsabilidad de resolver reconocidos problemas sociales y económicos que devienen desde la mal llamada “apertura económica”, haciendo crisis hoy con la firma de los cuestionados tratados de libre comercio (TLC), sin duda alguna detonantes de la protesta y causantes de la quiebra y bancarrota de los agricultores y campesinos colombianos.

No obstante, en buena hora, la Iglesia católica, en cabeza del arzobispo de Tunja, Luis Augusto Castro Quiroga, actuando como garante, interpuso sus buenos oficios y logró persuadir a las partes en la mesa de negociaciones, procurando morigerar sus posiciones y de manera consensuada lograr el desbloqueo de las vías, que desde tiempo atrás tenían al departamento de Boyacá en vilo y aislado del resto del país.

Por lo tanto, vale la pena resaltar el valioso papel protagónico que jugó la Iglesia católica en el conflicto agrario, cuyo ejemplo de verdadera fe y servicio en favor de los más débiles y necesitados debe ser interpretado como un mensaje esperanzador a la Nación, que sin distingo de raza, credo, ni ideología política, anhela y debe ser auspiciadora de la paz de Colombia.

Orlando Morales. Bogotá.

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