De los libros

Hay dos conceptos falsos que esgrimen siempre los colombianos como pretexto para no leer: “Los libros son caros y no hay tiempo para leer”.

Decía alguna vez el Conde de Siruela, fundador de la magnífica y singular editorial Siruela, que aquello de los libros caros era simplemente una actitud cultural. ¿Caros con respecto a qué? ¿A una corbata de marca? ¿A una cartera Vuitton? ¿A una atractiva y diminuta ropa interior femenina de Victoria Secret? ¿Cuándo nos quejamos del whisky caro o de la discoteca cara? Sin embargo, estamos gustosos de pagar por todas estas cosas sin chistar. No conozco el primer artículo que se haya publicado protestando por el precio de las zapatillas deportivas o de los laptops para ejecutivos.

Por otra parte, los románticos del libro creen que éste surge de la nada. Que es etéreo y que basta con pensar en publicar un libro para que se materialice sin más. Pues señores, el libro es un objeto industrial que utiliza materiales que cuestan: papel, tinta, encuadernaciones, pegamento, máquinas donde se imprime, películas. Por supuesto, obreros y operarios que cobran por su trabajo. El autor, el editor, el impresor, el distribuidor y el librero, también —aunque parezca raro— son humanos y de algo tienen que vivir. Que el libro está en manos de negociantes y de comerciantes dice por ahí alguien bastante alejado de la realidad. Que debería estar manejado por artistas e intelectuales. Como si no hubiera habido siempre editores y libreros  intelectuales. A estos desorientados señores les tengo una noticia: Desde sus albores, cuando se inventó la imprenta, el libro ha sido un negocio. Gutenberg no fue un altruista. Era un visionario con olfato de comerciante. A quienes quieran enterarse más sobre el tema, les recomiendo un libro muy bueno: La cultura, patrimonio intelectual de los europeos, de Donald Sassoon. Allí se explica muy bien el desarrollo del libro como industria.

Libros hay de todos los precios. Ediciones de bolsillo que no pasan de veinte mil pesos, como también bellas ediciones de lujo de un millón. Pero el hecho es que el universo del libro está al alcance de todos. Basta dejar la pereza mental y atreverse a leer. A ser distinto gracias a la lectura.

Otra polémica inútil en que nos embarcamos es en la de si los libros más vendidos sí son realmente los más vendidos y si esto significa que son  los mejores. Son dos conceptos totalmente distintos. La estadística de los más vendidos, cuando ésta se saca bien, de manera técnica e imparcial, sólo refleja lo que la mayoría de la gente prefiere en ese momento. Pueden ser los libros más populares; los libros más morbosos o escandalosos; o la última crónica periodística sobre el narcotráfico. A veces se da que el libro de un gran autor literario, una novela, o un libro serio sobre historia, llega a ser el más vendido. Y esto es gratificante y maravilloso. Pero no siempre es así. Igual que pasa en el cine, la música o cualquiera de las artes. Yo le aconsejaría a El Espectador, sacar una lista de los sugeridos por los libreros, por ejemplo. Los que ellos con su experiencia y gusto como lectores, aconsejan a los otros lectores. Sería más lógico y honesto que confundirlos con distintas listas de los “famosos más vendidos”. Me atrevo a  hacer mi sugerencia como librero. Yo recomiendo para esta semana, los dos tomos de los Apuntes de Canetti. Extraordinario autor, y extraordinario libro.

 Felipe Ossa.  Librería Nacional Sede de Unicentro. Bogotá

Los infortunios de Nariño

A tantos infortunios de los nariñenses, desde la accidentada, valerosa y equivocada interpretación de su historia, hasta la matanza de sus indígenas, pasando por la estafa colectiva de las “pirámides”, ahora se suma el furor de la naturaleza con las erupciones explosivas del volcán Galeras y las inmensas inundaciones de la Costa Pacífica.

Siete mil personas que habitan los lugares de alto riesgo volcánico permanecen en la incertidumbre, a la espera de una solución definitiva que logre una reubicación permanente de sus hogares y parcelas. Los traslados transitorios a sitios de evacuación agravan el problema. La zozobra cada  vez que el volcán eleva su temperatura no debe convertirse en una forma de vida.

No hay noticia histórica comprobada de que el volcán Galeras destruyera algún territorio habitado. Esto, unido a la fe en el poder Divino, lleva a la mayoría de la gente al convencimiento de que el volcán es el mejor amigo de los nariñenses, pues a él, según los labriegos, se debe el florecimiento de los cultivos, después de que las cenizas del volcán fecundan la tierra. Nunca el nariñense se amilanó ante el embate cíclico del volcán, ni ante las predicciones apocalípticas de que los pastusos duermen sobre sus tumbas.

Lo anterior no quiere decir que se deban rechazar los avances de la ciencia vulcanológica y menos negar el apoyo a las medidas preventivas adoptadas por el Gobierno. Fe, ciencia y apoyo del Gobierno son factores complementarios para no reducir el fenómeno físico a la mera convicción teológica o a la infalibilidad científica que en este campo está en formación.

Más de treinta mil personas son las damnificadas por el invierno en la Costa Pacífica, especialmente en Tumaco y Barbacoas. La naturaleza, la guerrilla, el narcotráfico, el paramilitarismo, la delincuencia común, el abandono, la pobreza y el desempleo se ensañan con una de las regiones más deprimidas de Colombia. El Pacífico está en “llamas” y sus ríos salidos de cauce se hallan manchados de sangre de inocentes.

El departamento de Nariño, y en particular su costa Pacífica, necesitan con urgencia un audaz sacudón institucional que los saque de su centenaria miseria y atraso. La filantropía pasajera es necesaria, pero no constituye una real solución a los gravísimos problemas económicos y sociales que padece esta región. El presidente Uribe tiene la palabra.

Darío Martínez Betancourt. Ex senador de la República. Bogotá.

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