Por: Iván Cepeda Castro

La Casa del Terror

EN UNA DE LAS CALLES CÉNTRICAS de Budapest, capital de Hungría, está ubicado el museo Casa del Terror.

Es un edificio que sirvió de sede al Departamento de Seguridad Política durante la época de la invasión nazi y del socialismo estalinista. El régimen que imperó en ese país desde mediados de la década de 1940 aplicó todos los métodos del totalitarismo: control pleno de la vida de los ciudadanos, ideologización de todos los espacios de la vida cotidiana, sumisión absoluta a la “voluntad del Partido”, hegemonía de la propaganda oficial en la comunicación de masas. Como parte del ascenso de este sistema se requería socavar toda expresión de disenso político y neutralizar los líderes de opinión que buscaban un cambio social con democracia. Hungría vivió un levantamiento popular que fue violentamente sofocado con la irrupción a las calles de Budapest de los tanques soviéticos en 1956.

La Casa del Terror se compone de tres niveles, uno de los cuales es el sótano de la edificación. Allí el visitante puede entrar a los calabozos en los que se mantenía a los prisioneros políticos, e igualmente recorrer la sala de torturas en las que se les interrogaba. Este lugar de memoria muestra con detalle el papel central que jugó en ese sistema la policía política secreta. Como dice el catálogo que presenta al museo, el organismo de inteligencia se convirtió en una “fuerza terrorífica conocida por toda la población”, en la “criminalidad institucionalizada”. Sus funciones eran variadas: infiltrar a los partidos de oposición, vigilar a los órganos de prensa, controlar los correos y conversaciones telefónicas, seguir de cerca a los familiares y amigos de quienes eran sospechosos, introducir espías en el servicio doméstico de sus casas, crear campañas de desprestigio, e incluso asesinar como parte de las “operaciones de limpieza”. En el período que antecedió a la consolidación del régimen, un blanco privilegiado de los agentes de la policía política fueron los jueces y en particular los que pertenecían a las altas cortes. Se requería la sumisión total de la justicia para evitar cualquier proceso que contrarrestara la acción arbitraria del servicio secreto y de los líderes estatales. El poder judicial fue reemplazado por los “tribunales populares” que actuaban por orden expresa de los dirigentes del gobierno.

Como testimonio de esta sombría época, a lo largo de las salas del museo se muestran los testimonios de los líderes políticos, periodistas, intelectuales y jueces que lograron sobrevivir a la persecución oficial. En las paredes de una de las salas, anaqueles con carpetas que contienen miles de documentos sobre la vida privada y pública de personas reseñadas evidencian la dimensión que alcanzó el espionaje. En otro lugar del museo, aparecen los aparatos que servían para interceptar las comunicaciones, los micrófonos que eran instalados para grabar las conversaciones, las fotografías de las personas que eran objeto de seguimientos.

No es cierto que el empleo de una maquinaria de inteligencia como parte de la imposición de un Estado de terror sea exclusivo de las sociedades totalitarias. Un sistema de apariencia democrática puede dar cabida a variadas formas de infiltración en la vida privada para doblegar la voluntad de los ciudadanos. Cuando en Colombia se construyan los museos consagrados a la memoria de la criminalidad estatal, el edificio del DAS podría servir para recordar nuestras propias casas del terror.

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