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Mauricio García Villegas 5 Oct 2012 - 11:00 pm

Católicos independientes

Mauricio García Villegas

Nicolás Boileau, un escritor francés del siglo XVII, decía que todo protestante era un papa cuando tenía la Biblia en sus manos. Esa frase refleja bien el ideal luterano de liberar a los creyentes de las jerarquías eclesiásticas y de reducir la experiencia religiosa a Dios, a las escrituras y a la gracia.

Por: Mauricio García Villegas
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 Con el paso de los siglos, sin embargo, muchos protestantes volvieron a caer en las redes de la autoridad terrenal, convirtiendo a sus pastores en autoridades tan axiomáticas como el mismo papa romano. Muchas iglesias cristianas están hoy integradas por creyentes sumisos, gobernados por un pastor-profeta que cree conocer el camino de la salvación, como si ya lo hubiese transitado.

Tengo la impresión de que en la Iglesia Católica se ha producido el fenómeno inverso. El Vaticano nunca abandonó su pretensión de conocer los detalles del camino de la salvación, pero la gran masa de creyentes empezó a volverse cada vez más autónoma con respecto a la manera de seguir ese camino. Esto sucedió sobre todo a partir de la publicación de la encíclica Humanae Vitae, de Pablo VI (1968), en la cual se condenó el aborto y la píldora anticonceptiva. A partir de allí, por primera vez en la historia de la Iglesia, una buena parte de los católicos (sobre todo de las mujeres católicas) empezó a tomar las riendas de su vida sexual, bajo la convicción de que no estaban haciendo nada malo y de que su fe y su gracia, a pesar de la desobediencia al Papa y a sus obispos, seguían intactas.

Así pues, paradójicamente, mientras muchos protestantes se han encadenado a los jefes religiosos, muchos católicos se han liberado de ellos.

Digo todo esto porque estoy seguro de que el resultado de los debates actuales sobre el aborto, la familia gay, el consumo de drogas ilícitas y la eutanasia depende mucho de la relación de los creyentes con las jerarquías de sus iglesias. Al debatir estos temas los creyentes no solo deben tomar una posición frente al Estado, en su condición de ciudadanos, sino también frente a las autoridades de su iglesia, en su condición de creyentes. Y ambas posiciones no siempre obedecerán a lo que digan los jefes de las iglesias. Muchos (sobre todo católicos) decidirán con base en lo que su conciencia y su fe les indiquen, tal como lo vienen haciendo desde hace muchos años.

Es fácil entender la enorme preocupación que causa esta retirada de creyentes en las autoridades eclesiásticas. La actual reacción conservadora del Vaticano es una respuesta a esa desafección de los católicos (un fenómeno político quizás más devastador que el mismo cisma protestante). Convertir ciertos asuntos de la vida sexual, como el coito y la fecundación, cuya valoración moral no estaba claramente definida en la Biblia o en la doctrina de los padres de la iglesia, en dogmas de absoluto y obligatorio cumplimiento, es parte de esa estrategia conservadora. Muchos católicos ven esta maniobra (por no decir en este chantaje moral) con benevolencia y entienden lo difícil que para el Vaticano es (con su pompa y su poder milenarios) aceptar que su autoridad se debilita. Por eso quizás no se rebelan contra sus jefes espirituales y comprenden, con amor de prójimo, sus tribulaciones; pero eso sí, se apartan de sus mandatos cuando su conciencia se los indica.

Así pues, estos católicos independientes no quieren convertirse en los papas de su propio destino, como decía Boileau, pero sí quieren tomar cierta distancia frente a Roma, sobre todo en temas sociales y políticos que ellos consideran claves para mejorar la sociedad en la cual viven.

  • Mauricio García Villegas | Elespectador.com

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