Por: Juan Gabriel Vásquez

Caudillismo y democracia

Ya han pasado varios días desde que el presidente Uribe anunció lo que tantas veces dijo que no anunciaría: su intención de perseguir un tercer mandato.

Ya ha habido de todo en la prensa, desde opositores que hacían comparaciones con Fujimori (que por otra parte ya se habían hecho antes de la primera reelección: se ve que no se equivocaban) hasta uribistas que se alegraban como si se anunciara la venida del Salvador (que por otra parte es realmente como ven el asunto), pasando por los que se extrañaban de que la cosa produjera escándalo, con el argumento de que en Europa la reelección indefinida es cosa de todos los gobiernos. Este último argumento, que vi repetido en varios lugares, es el que parece más sensato, pero es en realidad el más falaz, porque su falacia es de fondo. Se basa en una pregunta: si el gobernante es mejor que todas las opciones, ¿por qué no iba a poder seguir gobernando?

Supongamos que eso es cierto: que el gobernante es mejor que todas las opciones. Supongamos que Uribe, el candidato que prometió derrotar la corrupción y acabar la politiquería, no ha sido un testigo impotente de la manera en que la politiquería y la corrupción se han ido adueñando del país. Supongamos que Uribe no es el presidente que ha olvidado una y otra vez el principio básico de separación de poderes. Supongamos que Uribe no ha intentado convertir a Colombia en un Estado prácticamente confesional. Supongamos que su intolerancia redomada y su innegable espíritu autoritario no lo han llevado a actuaciones irresponsables que ponen en peligro la vida de los periodistas. Supongamos que lo único que ha pasado en estos años son los logros que hasta los más duros opositores le reconocen. Supongamos todo eso. Aun así, no hace falta cavar muy profundo para darse cuenta de que una nueva reelección tendría más de dañino que de positivo para el país.

La democracia (partamos, por lo menos, de este punto) no está diseñada para el mantenimiento en el poder de un mismo individuo. Es más: la democracia nace como forma de neutralizar esa pretensión, que por razones humanas nace casi siempre entre los que ya detentan el poder. Bertrand Russell decía que la democracia representativa era la mejor forma de gobierno “para los que poseen la tolerancia y el autodominio necesarios para hacerla operativa”, con lo cual se refería a que ninguna democracia funciona si los que tienen el poder no se resisten a hacer todo lo que el poder les permite. Pero claro, eso es difícil de pedir y difícil de entender: Stalin nunca entendió por qué Churchill se dejaba derrotar en las urnas, por qué pacíficamente abandonaba el poder después de haber ganado la Segunda Guerra Mundial. Churchill sabía algo que Stalin nunca supo: que el caudillismo y la democracia no son compatibles. Que el caudillo sea elegido democráticamente es, en la práctica, lo de menos.

Porque ése es el tono que tiene la pretensión general de Uribe. La invocación de la hecatombe es tal vez la lección más vieja de los caudillos de todo el mundo, la primera que aprenden, y la hemos oído en boca de tanta gente indeseable que cuesta mucho justificarla en boca de alguien que se dice demócrata. Las amenazas al estilo Núñez (“Regeneración o catástrofe”, decía él antes de embarcar al país en la senda catastrófica del fin del siglo XIX) son ya recurrentes en estas democracias latinoamericanas, y son las mismas con las que Fujimori cerró el Congreso y Chávez está en camino de hacerse una Constitución a medida. Otra vez Russell: “La democracia está destinada a hacer que el ejercicio del poder por parte del hombre sea temporal y dependiente de la aprobación popular”. A Uribe parece no gustarle la palabra “temporal”, aunque sí las otras dos: “aprobación popular”. No se da cuenta de que, para que una democracia no se destruya a sí misma, lo único que no puede estar sujeto a la aprobación popular es, precisamente, la temporalidad.

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