Por: Julián López de Mesa Samudio

Cees Nooteboom: el holandés errante

Cuenta la leyenda que en tiempos de galeones y piratas, el capitán Willem van der Decken hizo un pacto con el diablo para que su barco no zozobrase ni fuese afectado por las vicisitudes de los viajes oceánicos; su afamado navío podía alcanzar increíbles velocidades en su recorrido desde Holanda hasta Java sin jamás encontrar escollos ni demoras.

Dios, al enterarse de dicho pacto, lo maldijo impidiéndole tocar puerto por el resto de la eternidad. Desde entonces, el Holandés Errante surca fantasmagóricamente los mares sin reposo ni paz.

Cees Nooteboom, quien visita nuestro país en estos días de Feria del Libro, es el holandés errante de las letras. Al igual que el legendario capitán, su vida ha transcurrido de viaje en viaje, de aventura en aventura, lo que lo ha hecho visitar y conocer buena parte del globo a lo largo de más de 80 años. El gran escritor neerlandés, candidato perenne al Premio Nobel de Literatura, ha hechos de los viajes, desde los reales y físicos hasta los intelectuales y metafísicos, el eje de su vida y obra. Sus contactos con muchas culturas y sus gentes le ha permitido adentrarse, como ningún autor vivo que yo haya leído —con la notable excepción de Coetzee—, en las más recónditas honduras del alma humana. Por eso la poesía es uno de los géneros que mejor domina y quizás el que más valora (no en vano sus escritos más caros y personales se plasman en las hermosísimas reflexiones de Tumbas de poetas y pensadores)

La de Nooteboom es una de las últimas almas universales. Su errancia lo ha convertido en uno de los pocos bastiones del humanismo en tiempos en que el saber tiende a anquilosarse en las opresivas formalidades del neoescolasticismo intelectual que triunfa hoy en el mundo. La obra de Nooteboom es pertinente y vigente hoy en día precisamente porque es un bálsamo en el mundo cada vez más árido e inhumano del saber técnico. Como muy pocos autores contemporáneos, además de novelista es ensayista, cuentista y poeta. Quizá sólo le falta ser dramaturgo para abarcar, siempre con extraordinaria maestría, todas las áreas de la literatura.

La literatura de Nooteboom posee bizarría y lucidez: dos de las virtudes que separan a la gran literatura, aquella que trasciende generaciones, culturas e idiomas, de aquella literatura facilista, coyuntural y comercial cercana a la industria del entretenimiento tan valorada en tiempos actuales. Ejemplos de lo anterior son sus novelas Perdido el paraíso y El día de todas las almas: viajes intensos cuya dolorosa clarividencia incluso incomoda a quienes desean perderse en la insignificancia de los tiempos que corren.

Pocas veces se ve hoy en día la figura fantasmal del barco errante; el mundo se ha ido desmitificando, haciendo que el barco y su eterna búsqueda finalmente se pierdan de la memoria. En el mundo de hoy no hay espacio para mitos ni para sensatez; en el mundo actual estos dos holandeses errantes están destinados al olvido. La maldición del escritor humanista es errar en crecientes océanos de insensatez, pues cada vez menos se aprecian la sabiduría, la erudición, la sensibilidad y la palabra con ecos universales. Del barco nos queda la leyenda y algunos cuadros; de Nooteboom su obra, tan profunda, tan dolorosamente actual, pero también tan poco difundida.

@Los_Atalayas, [email protected]

 

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