Por: Diana Castro Benetti

Centro

Ser excéntrico tiene su encanto. Se anda con el corazón en la cabeza, los pies en el cielo y el desorden como capitán de lo inadecuado.

Tiene la ventaja de ofrecer el precipicio nocturno como guía hasta el otro día y amanecer con la innovación abrazada a lo indecente. Como cualquier loco en un mazo de tarot que hace de la ingenuidad su única compañía, la excentricidad es el equipaje ligero.

Habitar en los márgenes tiene sus ventajas. Las palabras son flores exóticas, las ideas son foráneas y las acciones tienen el rasgo de la peligrosidad. Jugar en las fronteras obliga a intuir lo que no existe o a recuperar la libertad perdida, pero cuando andamos vestidos de absurdos, la lógica puede no llegar más y la curiosidad convertirse en la insensatez.

El camino del medio es el de la tierra. Entre su eje vertical, que sube de pies a cabeza, y el pivote de quien gira alrededor del sol, el planeta nos obliga a andar sin perder el contacto con los prados o las nubes. Recorrer la tierra es también enterrar el pasado cada vez que volteamos la espalda o permitir que el futuro sea en el segundo siguiente. Es reconocer a diario dónde estamos anclados, es darle sentido a la acción cotidiana. Es ubicar las propias coordenadas que permitirán las exploraciones en galaxias, huertas o decisiones, y respetar, más allá del propio perímetro, la fuerza del planeta que nos acoge.

Hay quienes tienen el centro en las ideas y otros en el corazón o detrás del ombligo. El centro de gravedad también puede estar en traer la pelvis un poco hacia delante, darle naturalidad a las rodillas, estirar un poco más el cuello o identificar el punto donde se unen los omoplatos. Al abrir los brazos o cruzar las piernas, todo centro se desplaza, se acomoda y gira, haciendo de su existencia un asunto de intuición y velocidades. Encontrar el punto que no desequilibre el cuerpo y que lo mantenga expresivo y con gracia, es la filigrana de quien sabe que su presencia es más que huesos. Es llegar a la comprensión de los espacios corporales, sus vacíos, estructuras y de cómo determinan nuestro impulso y el nexo con las brechas.

Pero estar en el centro no es ni la inmovilidad ni la rigidez. Es, por el contrario, la adaptación al pequeño movimiento y a la visión amplia y magnífica desde el detalle. El centro es más que un útero en buen estado, la sonrisa en el corazón, la cadera alineada, la opinión aguda o el pecho bien abierto. El centro es la creatividad de estar presentes, aquí, ahora, en el instante, y a la vez recordar que somos lo invisible y la infinitud de lo incomprensible.

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